el charco hondo

Amish

Quienes tenemos más de treinta años, consumimos plataformas o medios de comunicación tradicionales, limitamos nuestras incursiones en las redes al sota, caballo y rey (Facebook, Twitter e Instagram), nos da pereza o vértigo explorar otros territorios, y creemos que más allá de esos horizontes solo se mueve un abismo de videojuegos y otras rarezas, a ojos de los youtubers somos amish, gente del siglo pasado con una vida bastante analógica, antiguos, viejunos que habitamos en el mundo de los mayores, personas que nos reímos con otros chistes y códigos, generaciones que no se han tomado la molestia de asomar a otras ventanas en las redes y que, en consecuencia, ignoran qué líderes de opinión, registros, audiencias, contenidos, retornos, colectivos, penetración social, influencias, modas y tendencias están emergiendo en las afueras del poblado de los amish, lejos del planeta donde partidos tradicionales, cadenas de radio o televisión, periódicos y digitales del mundo anterior a éste han caído en la cuenta (hace apenas unas semanas) de que hay mundos que los telediarios no han contado durante la última década. De diez años a esta parte, youtubers y streamers han construido una realidad paralela a la de los amish, una constelación participada por millones de seguidores que tienen en estrellas de veintitantos años a sus referentes. El Rubius decide irse a Andorra, lo cuenta con el desparpajo que se permite un club de multimillonarios poco dados a la corrección política (tipos a los que les da igual qué se piense o diga en el poblado de los amish) y con lustros de retraso el país del siglo XX se echa las manos a la cabeza al descubrir que más allá de las tertulias o los editoriales hay vida, y dinero, muchísimo dinero. Solo Gerard Piqué, sin duda el más listo de la clase, lo vio venir. Ni los modernos del poblado se habían enterado, de ahí que ahora les hayan entrado las prisas y se tiren sin bañador a la piscina de Twitch, Tik Tok y otros contenedores. Los amish se indignan porque algunos líderes que no tenían en el radar hacen lo que les da la gana sin dejar de sonreír, y les da igual lo que digan los colonos del otro lado de su montaña. El desconcierto obedece a que amish y youtubers manejan esquemas mentales, tribales y territoriales bien diferentes, distantes. Entre otras razones, porque a los dioses de las redes globales la patria les pesa poco; a lo que cabría añadir que, si tanto duele que se vayan a un refugio fiscal, en vez de cargar contra ellos tendrían que proponer que Europa se mire lo de Andorra.

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