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Días de frío

No habrían disfrutado los turistas de los días de frío, nieve y lluvia de este año. El otro día fui a La Orotava a comprar dulces y cuando enfilé la carretera de Las Arenas me pareció encontrarme entre los montes del Tirol. Toda la cumbre nevada, un frío que pelaba y una isla desconocida. La pandemia nos ha cambiado hasta el paisaje, pero a lo mejor no es la pandemia, sino el llamado y cacareado cambio climático. No es esta la isla del sol que le gusta a los turistas, ni mucho menos, así que este año no lo habrían pasado tan bien aquí y la próxima temporada de invierno -que será la primera tras el coronavirus- estoy seguro de que va a ser un periodo benigno. Porque no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Lo que nos faltaba ahora era que nos afectara también el cambio climático cuando se calme la enfermedad. Lo cierto es que hoy, cuando escribo, en el Puerto hace un frío inusual y estas noches de encierro, lo mismo. Como ya no tengo sino cuatro amigos me aburro como una ostra porque ellos están en lo suyo y, además, a la perra se le ha aflojado el esfínter y en estos días me está regando el material, así que me tengo que agachar y no hay nada que odie más que agacharme. El paso a convertirme en un viejo carrucho es de centímetros, me estoy volviendo protestón y hasta mis más allegados dicen que no hablo, sino que gruño. Espero que todo esto sea algo pasajero, porque si no me voy a pasar los restos más solo que la luna, como dice Sabina. Estoy leyendo La noche que llegué al Café Gijón (Austral), de Umbral, y escribiendo un pequeño ensayo sobre el último libro de Juan-Manuel García Ramos, El delator (Mercurio). A ver si le doy un empujón al texto.

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