despuÉs del parÉntesis

Divinos

Menelao reinó en Esparta. Fue hermano de Agamenón, el soberano de Micenas, el rey de los hombres. Cuenta la historia su pertenencia a la familia de los atridas. Vivieron la contienda de Egisto y Tiestes (padre e hijo) contra Atreo al que mataron. Micenas con nuevos dueños. La corte era un incendio. La nodriza de los niños decidió: salvarlos, sacarlos de la ciudad. El rey de Esparta, Tindáreo, los agasajó en su corte. Crecieron y como sabían que un reino les pertenecía, regresaron a la patria. Agamenón era el de más edad y se convirtió en rey. Menelao volvió a Esparta donde asimismo reinó. Y de ahí salió lo que el destino le mostró: hacer frente a la afrenta de París, el intruso que penetró en sus murallas, vio, se enamoró de su bellísima esposa Helena, obtuvo respuesta de la elegida y escaparon hasta Troya. Menelao buscó a su hermano y Agamenón cumplió con la guerra como el supremo jefe militar que aportó innumerables guerreros y cien naves. Menelao no se quedó atrás. Mil ciento ochenta y seis barcos surcaron el Mar Egeo camino de la destrucción. Con la adición de los héroes supremos (Aquiles, Odiseo, Ayax, Patroclo…) la guerra se prolongó. Diez años y al final la victoria. Menelao frente a frente con el rostro de quien sustituyó a Paris como marido y… Sacó la espada de la vaina. A él no lo perdonó. Con ella se resistió. Vuelta triunfante. Y dos órdenes distintas en el regreso.
“Uno, el rey de los hombres en pos de su amada. Fiesta de bienvenida y felicidad. Agamenón y la esclava Casandra, la hija de Príamo, cayeron ensartados por los puñales de Clitemnestra y de su amante Egisto. Reinaron en Micenas hasta que Orestes, el único hijo varón de Agamenón y de la esposa asesina, el niño que hubo de huir por temor a su madre, con su vuelta al país ocho años después decidió: la muerte de Egisto en venganza de lo perpetrado a su padre.
“Dos”. Menelao. Imposible el desquite de Helena, con quien se reconcilió y tuvo más hijos. Más premio incondicional. Imposible separarse de la divina. Por tal actitud, la diosa Hera los envió a vivir hasta la muerte la suma felicidad en los Campos Elíseos (en Canarias), el refugio prominente, fúlgido, armonioso y primordial de los grandes. Luego, esa es la labor arqueológica que nos queda: buscar la tumba de los supremos en nuestro territorio para mostrarle al mundo que Helena está entre nosotros. Si lo logramos, Homero nos acompañará de nuevo y rematará sobre nuestras conciencias el sueño proverbial de la inmortalidad.

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