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¡El horror!

Las vacunas parece que son nuestra única esperanza. Sin embargo, los expertos debaten sobre si serán capaces de acabar con la circulación del virus. La inmunidad de rebaño (que bien define esta palabra el trato que nos dan nuestros gobernantes) podría lograr dificultar la extensión de la pandemia, pero, al parecer, no existe ninguna certeza de que una persona vacunada no se pueda infectar y transmitir el virus si se dan determinadas circunstancias negativas. Tampoco sabemos cuánto tiempo dura la inmunidad que pueda proporcionar una vacuna. A pesar de ello, la picaresca de docenas de nuestros políticos les ha llevado a vacunarse sin respetar las prelaciones establecidas y con las más variadas excusas.

Esta vacunación fraudulenta es una muestra más de la nefasta gestión española de la pandemia, una de las peores del mundo acorde con nuestra cultura: improvisada, caótica, contradictoria e incompetente, muy lejos de esas idílicas escenas propagandísticas de las primeras vacunas. Y ahora, por si fuera poco, se les ocurre convocar unas elecciones. En nombre de la salud, han arruinado la hostelería y destruido el turismo, nos multan si sobrepasamos en diez minutos la hora del toque de queda, y van a inundar las calles y los transportes públicos y privados de gente que saldrá de sus casas para votar estando en cuarentena o contagiados, porque los horarios de votación señalados para estos colectivos no van a impedir su trasiego por todos lados. Parecería que solo es una broma macabra. Y luego están esos trajes protectores de los miembros de las Mesas, que requieren un determin

ado procedimiento para vestirlos y desvestirlos. ¿Los van a llevar durante doce, catorce o más horas?
Pedro Sánchez utiliza cualquier medio con el fin de permanecer en el poder, que es lo único que le importa. Y ahora, en plena pandemia cada vez más agravada, cesa al ministro de Sanidad para presentarlo como candidato en esas próximas elecciones catalanas y aprovechar así su supuesta popularidad. Está muy claro que antepone sus intereses y los de su partido a la salud de los españoles. Y la popularidad de Salvador Illa es muy supuesta, porque su gestión ha sido tan nefasta que si los catalanes conservaran algo de sentido común no debería votarle nadie. Su sucesora lo tiene fácil: por mal que lo haga no puede hacerlo peor, y, además, lo más probable es que no haga nada. Carolina Darias ha transitado por sus numerosos cargos sin romperlos ni mancharlos; y ahora hará lo mismo, acentuando lo plano de su perfil. Y es curioso como una ministra canaria que, desde la responsabilidad de las Administraciones Territoriales, fue un rehén de su partido –como lo son todos los socialistas canarios- y no hizo nada por las peticiones y las necesidades de las Islas, y no digamos por el traicionado REF, genera un nivel de críticas tan bajo, incluso entre la oposición.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos para defendernos de la pandemia de nuestros gobernantes? ¿Cómo podemos luchar contra tanta mentira, tanta incompetencia y tanta estupidez? ¿Todavía hay esperanzas? Me temo que solo nos queda intentar no contagiarnos mientras esperamos vacunarnos un año de estos, entrar en el rebaño y repetir las últimas palabras de Kurtz ante Marlow en el profundo seno de una selva de la que ya no saldrá: “¡El horror! ¡El horror!”.

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