Por quÉ no me callo

El virus, el golpe y la vacuna

Enero, la cola del cometa 2020, reprodujo los mismos tics del año extinguido. En ese afán de prolongarse como si de un año de trece meses se tratara, amén de bisiesto y trabucaire, llegamos a creer que en realidad seguíamos atrapados en una pandemia laberíntica que no nos dejaría en paz. Solo una invasión de […]

Enero, la cola del cometa 2020, reprodujo los mismos tics del año extinguido. En ese afán de prolongarse como si de un año de trece meses se tratara, amén de bisiesto y trabucaire, llegamos a creer que en realidad seguíamos atrapados en una pandemia laberíntica que no nos dejaría en paz. Solo una invasión de vacunas podrá ser capaz de romper el círculo vicioso o tardaremos una purriada de años en lograr la inmunidad de rebaño, que suena tosco, pero está científicamente acreditada. La vacunación masiva, ante el cuestionamiento europeo a la presidenta de la CE, Von der Leyen, es ahora el santo grial, cuestión de fe, pues las farmacéuticas han roto los acuerdos con Bruselas, recortando los pedidos y poniendo en riesgo el objeto de inmunizar antes de finales de verano al 70% de la población adulta. Esta va a ser la madre de todas la batallas en los próximos meses. Para hacernos una idea, Canarias ha inmunizado (sumados los dos pinchazos) a fecha de hoy a 13.700 personas y somos casi 2.250.000 habitantes. A este ritmo, tardaríamos años; luego, hay que correr. Y de esa carrera se trata. El sprint de la vacuna.

Los expertos coinciden en la capacidad logística de Canarias para acometer un plan de vacunación colectiva en tiempo récord. El problema no es el ejército (miles de profesionales han sido contratados, declaró este domingo el vicepresidente Román Rodríguez a DIARIO DE AVISOS), sino el suministro de viales a las Islas, que dispone de jeringuillas milagrosas para extraer seis dosis por unidad.
Han vuelto la burocracia y posiblemente la corrupción. La llegada a cuentagotas de las remesas de Pfizer y Moderna frustran todos los planes. Hasta que la población acuda a raudales a vacunarse a ambulatorios, farmacias, mutuas y hasta iglesias si hiciera falta, ¿cuánto tiempo puede pasar?
El mercado negro que hace sospechar de Pfizer y AstraZeneca ha colmado la paciencia de Von der Leyen, que amenazó con bloquear las rutas de la picaresca. Hemos visto una desproporcionada tasa de vacunación en Israel, por ejemplo, bajo un trato de favor sospechoso a cambio de mejores precios de los pactados inicialmente con Bruselas.

Enero se ha ido, al fin, y esto ya es febrero, con la mosca detrás de la oreja. Como en Ulises, de Joyce, ahora el mundo se dilucida en un tiempo efímero, donde cada día pretende cambiar la historia. Mañana puede ser demasiado tarde o demasiado lejos, y lo más prudente es ceñirnos a un carpe diem selectivo. Si los gobiernos se enfrascan en debates de inventario sobre el número real de existencias de vacunas, suya es la obligación de proveernos el antídoto. Para eso les pagamos. Poco margen reside en nuestras manos, salvo cumplir las consabidas medidas protocolarias de carácter preventivo, pero la compra y distribución del antígeno es cosa de los Estados y de Europa. Y acabará por acelerarse el proceso. A todos les conviene ponerse las pilas para que la economía se ponga en pie.

Si las nevadas, el Capitolio y el naufragio del Bentago eran indicios de un año de infarto como el anterior, apaga y vámonos. Preferible es creer en el aplomo de Biden y celebrar a un Trump con los abogados dimitidos antes del impeachment. Hasta el lunático de cuernos de bisonte quiere testimoniar contra él por abandonarlos a su suerte. El elefante blanco, que esperaba Tejero, tampoco llegó nunca a la Carrera de San Jerónimo. La historia se repite. Y fue febrero, como ahora. La efeméride española resucita un golpe de Estado chapucero. Lo de Estados Unidos fue una chapuza de Estado. Un autogolpe sin anestesia. Sin vacuna. Y, por suerte, ya sin Trump. Fin del virus.