en la frontera

Humanismo cívico

Una de las cuestiones que más preocupa a los filósofos de la política y a los cultivadores de las ciencias sociales es, sin lugar a dudas, la fuerza y operatividad de las iniciativas civiles, hoy en franco retroceso ante la deriva autoritaria tan presente en tantas latitudes con ocasión de la pandemia

Una de las cuestiones que más preocupa a los filósofos de la política y a los cultivadores de las ciencias sociales es, sin lugar a dudas, la fuerza y operatividad de las iniciativas civiles, hoy en franco retroceso ante la deriva autoritaria tan presente en tantas latitudes con ocasión de la pandemia. Como dice el filósofo Llano en un libro que coincide con el título de este artículo, cada vez se echa más de menos menos la presencia activa y potente de una ciudadanía reflexiva, dispuesta a hacer valer en todo momento la evidencia de que la única configuración justa de una sociedad es aquella que reconoce la relevancia pública de la libertad concertada de sus miembros. En este sentido, las profecías de Tocqueville sobre el llamado “despotismo blando” o sobre el sometimiento de las personas y comunidades solidarias a ese “inmenso poder tutelar” se han ido cumpliendo casi a la letra.

Un vez que las posiciones individualistas o comunitaristas parece que no alcanzan a fundamentar esa necesaria humanización de la realidad, parece necesario colocar en su justo término la responsabilidad de las personas y la centralidad de las comunidades humanas en el vértice del desarrollo de la vida política. Tal pretensión choca, sin embargo, ante el actual intento, conseguido ya en algunos sistemas, de ahogar y sofocar cualquier atisbo de iniciativa social que ponga en jaque el poder totalitario que se pretende instalar, en algunos casos procedentes de las corporaciones privadas.

Por ello, podemos preguntarnos: ¿Cuál es en la política el protagonismo real de las personas concretas? ¿Somos conscientes los ciudadanos de nuestra condición de miembros activos y responsables de la sociedad y participamos eficazmente en la configuración política? ¿Son las comunidades humanas esos escenarios de libre desarrollo de la personalidad de sus miembros? ¿Son esas subjetividades sociales autónomas ambientes de auténtico ejercicio democrático de las virtudes sociales? ¿Es la vida pública un ámbito de despliegue de las libertades sociales y una instancia de garantía para que la vida de las comunidades no sufra interferencias indebidas ni abusivas presiones de poderes ajenos a ellas?

La contestación sincera a estas preguntas nos pone de manifiesto, me parece, la importancia de colocar a la persona concreta en el centro de la vida política. Pero para que esto sea real y auténtico es preciso denunciar que ha pasado ya el momento de apogeo de ese tecnosistema que bascula solo sobre el Estado, el mercado y los medios de comunicación. Ahora es necesario buscar la manera de que brille el protagonismo de los ciudadanos, su capacidad de participación política.

Es necesario humanizar el poder, el público y también el privado; es necesario que desaparezcan las experiencias de exclusión y laminación que practican los que están en el vértice, y es necesario celebrar y animar iniciativas sociales que coadyuven a construir el bienestar general como tarea compartida. Para ello, insisto, es importante constatar animar esas instituciones sociales donde se pone en juego la responsabilidad y la participación de los ciudadanos. Por eso, es fundamental que los ciudadanos mismos echen mano de sus propios recursos y empiecen a tomarse la libertad de operar por cuenta propia, sin esperar permisos no requeridos ni subvenciones que condicionen su forma de actuar. De lo contrario, otros se apropiarán de los espacios sociales y de nuestras libertades. Y bien que lo lamentaremos.

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