TRIBUNA

Las pelusas que, de lejos, son islas

Lampedusa son 20 kilómetros cuadrados y cinco mil habitantes. es el mismo manual de Lesbos, que en Canarias resulta manido y canallesco

Cultivamos la efeméride hasta de las fechas oprobiosas con cierto deleite masoquista, que resulta útil y rentable: la honradez de la historia puede ser un buen negocio. Pero el mayor beneficio es no tropezar dos veces en la misma piedra.

El 23-F nos convoca este mes a meditar, como hicieran los americanos el 6 de enero, sobre la consistencia de nuestros pilares democráticos, pues ellos vivieron el asalto al Capitolio sobrecogidos por el miedo eventual de una involución, y nosotros, en aquel golpe de Estado fallido de Tejero con su ventisca de agravios en el Congreso, contuvimos la respiración, cuatro décadas después de una guerra civil. El déjà vu de Washington se torció, por suerte, y completaron la designación de Biden esa misma madrugada. Hoy Trump ya se ha vuelto una foto sepia repentina en el photoshop del imaginario colectivo. El tiempo -insistiremos en ello- es hoy más raudo que jamás antes.

Ahora, el 40 aniversario del tejerazo, con Franco exhumado y Trump en el corredor de un nuevo impeachment, es una fusión de exorcismos ante una cohorte de nostálgicos que en España wasapean consignas revanchistas y el riesgo en Estados Unidos de una secta conspiratoria: el trumpismo.

Nunca se acuesta la democracia tranquila, así se levante con el pie izquierdo o el pie derecho. España da tumbos desde hace unos años. Fue desde la Gran Recesión de 2008, cuando hicimos de la crisis un martirologio de austericidio que contrasta con esta receta contrapuesta de la nevada keynesiana de fondos europeos en el plan Next Generation para reconstruir Europa, España y Canarias sin cortarnos las venas como entonces. Algunos héroes de aquella guerra de la crisis de las primas de riesgo, como Mario Draghi, vuelven al centro de la escena. El hombre que dijo en 2012 estar dispuesto a “hacer lo que sea necesario para preservar el euro, y créanme, será suficiente”, y con ello lanzó un salvavidas a la España de Rajoy para evitar el rescate, podría ahora tomar las riendas de su país, la Italia ingobernable desde Andreotti, el equilibrista incombustible (el de la máxima, “el poder desgasta a quien no lo tiene”).

Todo ahora transcurre a toda prisa, decíamos. Los días y las noches se confunden en continuos crepúsculos terminales de los viejos ciclos. Y no significa que vayamos a peor. Hay una pausa que demanda llenar los vacíos que quedaron con los contenciosos pendientes. Y carecemos de fe en líderes, y los nuevos filósofos no llegan. En este suspense, un tiempo frío necesita calentarse y pensar frente a una hoguera de leña.

Por suerte, gobiernan en algunos puestos clave ciertas mujeres con talento, como la presidenta del BCE, Christine Lagarde, o la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, y la más brillante, Merkel, sin fulares ni collares, exigida de flores y fusiles, mitad canciller de Alemania y mitad papisa de Europa cuando un orate tuvo a mano el botón nuclear. El día que Merkel se vaya, como se fuera Churchill, la echaremos de menos en el umbral del mundo que viene.

En efecto, algunas fechas reconocibles se agolpan con el paso de los años. Así, el aniversario del primer contagiado con COVID en España, el turista alemán que importó el coronavirus en La Gomera a finales de enero de 2020. Y ese eco perdurará aun cuando la vacuna extinga los últimos rescoldos de la pandemia. Pero una machacona recurrencia nos encadena una crisis tras otra y son los eslabones de terribles problemas muy serios. Sumamos a la crisis sanitaria, la económica y, no pareciéndonos bastante, añadimos la crisis migratoria, que reproduce en Canarias cierta condenación europea de las islas llamadas frontera, como antes en Lesbos y Lampedusa, preteridas por sus respectivos Estados como cepos carcelarios de inmigrantes y refugiados. Tanto Grecia como Italia las han tomado por dos celdas isleñas perfectas, como hace ahora España con Canarias, recluyendo en Las Raíces y otros acantonamientos a miles de migrantes que buscan alcanzar el continente. “No los vamos a dejar salir”, refunfuñaba el portavoz del Gobierno griego a los demandantes de asilo que prendieron fuego al campo de Moria hartos de vivir retenidos como presupone el plan de la colmena de Escrivá para siete mil abejas en cinco casillas insulares. En Mogán, en los meses del muelle de la vergüenza de Arguineguín, se desataron protestas vecinales como en Moria en medio de un rebumbio de xenofobia y pandemia. Los Estados saben bien que esta es la secuencia. Así fue en la Lesbos de Safo y en la gatopardiana Lampedusa de los falsos patriotas racistas. Un estallido social a punto de caramelo, que alentaba Salvini. En esos territorios, como en Canarias, hubo gestos humanitarios: en Lesbos fueron primero receptivos y Lampedusa se erigió en símbolo universal de la acogida; recuerdo al papa Francisco predicando allí hace casi una década sobre la “globalización de la indiferencia”. Poco después naufragaron medio millar de migrantes, murieron centenares y los residentes salvaron a cuantos pudieron. La alcaldesa fue candidata al Nobel de la Paz. Pero todo dio un giro con el paso del tiempo y no tardaron en brotar las fricciones entre los vecinos y los migrantes confinados.

Lampedusa son 20 kilómetros cuadros y cinco mil habitantes. Canarias es una macrofrontera europea con África. Por muchos vuelos de repatriación a Marruecos, Mauritania y Senegal, el flujo de pateras y cayucos continuará incesante, como la tensión en los barracones inhóspitos de las Raíces. Será cuestión de tiempo el primer chispazo de un conflicto social previsible, que marca el manual de Lesbos y Lampedusa. Es intolerable que se presuma de antídoto en tiempo de pandemia con trucos de brujo de medio pelo. En 2006 no se dudó en las derivaciones a la Península. Que le pregunten a Zapatero, que presidió la crisis de los cayucos. Ese tic nemotécnico de Bruselas de concebir a sus islas frontera como campos ignominiosos de concentración es de la peor vileza. Los parlamentarios canarios del archipiélago, de Madrid y de Europa están llamados -obligados- a actuar todos a una para hacer entrar en razón a los gobiernos de España y la UE. Repetir Lesbos y Lampedusa en Canarias es manido y canallesco. Y quién sabe si hasta incendiario.