despuÉs del parÉntesis

El delator

La historia comenzó cuando un personaje se acercó a Juan-Manuel García-Ramos en La Laguna y le dijo: “Hace ya algunos años me puse en contacto con usted para contarle la verdad sobre la muerte de mi tío Domingo López Torres. No me hizo caso entonces. Por eso vuelvo a insistir ahora”. “No recuerdo”, repuso Juan Manuel, “pero si precisa contarme algo sustancial, oigo”. El delator, un personaje muy conocido de la generación de mi tío, compañero de Gaceta de Arte es el culpable; si no de la muerte directa sí de la denuncia. Juan Manuel es escritor. Arguyó que lo escuchado era digno de cuento. De ahí salió El delator.
En primer término, no es una novela al uso; proclama lo que el autor interpreta: una crónica novelada. Ahí el valor de la intriga que sale de la armazón teórica y formal que Juan Manuel García-Ramos fabrica. Ello da un artilugio multiforme y novedoso. Un texto fresco, de lectura fácil y primorosa. No sobra la investigación del escritor sobre la época que se vivió en Tenerife, sobre los personajes de una y otra parte (con nombres expresos), sobre el espanto, la delación, la represión, la persecución; un momento regido por la arbitrariedad, la condena política e ideológica, la venganza que podía conducir a la muerte o a la traición, cual ocurrió.
Un panorama cerrado y concluyente registra la obra valiente y arriesgada. Se parte de la “provocación” (materia de la literatura) y de ahí lo que la crónica delata: la escritura biográfica, la escritura historiográfica (con la premisa del moderno de subvertir la tensión oficial de la historia), la manifestación de la argucia periodística y la enunciación ensayística, en tanto tema de cultura específica (surrealismo, Gaceta de Arte, defensores de ese complot…) y lo que ello, responsablemente, sabiamente y en buena lid, depara.
En la construcción, los meandros del ser: la persona real que existió y la tasa de una muerte indiscriminada. Ahí los avatares de la culpabilidad, ese que acaso por temor y dadas las circunstancias delató y los que arrojaron el cuerpo atado al mar para que desapareciera. En el fragor de la escritura se encuentra el recurso que somete a todo el texto: la confidencia en voz de los que sucedieron a Domingo López Torres, el hermano, la hermana y los supervivientes, sobrinos, personajes reales a los que el autor escuchó para proceder.
Una experiencia compleja a la par de sublime que vale la pena conocer, si quiera sea para asumir el rescate, la consideración y el repudio.

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