conversaciones en los limoneros

“Empecé con un carro y un burro, no sabía leer ni escribir y hoy facturo millones”

Ramón Morales Rodríguez, propietario de Pescados Ramón
Ramón Morales Rodríguez, propietario de Pescados Ramón. | Fran Pallero

Para contar la vida de Ramón Morales Rodríguez (Vallehermoso, La Gomera, 1943) haría falta no dos, sino docenas de páginas de un periódico. Y, además, como es hombre de pocas palabras y es menester sacárselo todo con cucharones, más difícil todavía. Es un hombre muy afable, a quien la fama le importa un bledo y está dedicado, desde que era un niño, al negocio del pescado. En La Gomera le decían Ramón el de Gloria, porque así, Gloria, se llamaba su madre. Ramón me dice que tuvo problemas con Hacienda porque las inspecciones concluían que vendía mucho pescado, pero no compraba tanto pescado. “¿Es que acaso cuando uno pesca con barcos propios tiene que pedirle facturas a Neptuno, dios del mar?”. Mantiene oficinas en la Península y en Canarias; abastece de atún y de bonito a toda España; posee ocho barcos bermeanos propios y otros que contrata por ahí y empezó con un carro y un burro acarreando pescado por los montes gomeros para llegar a las zonas habitadas de la Isla. El burro le costó caro, 600 pesetas. Hoy, Pescados Ramón factura muchos millones de euros al año, da empleo a más de 100 personas, cuenta con licencias para pescar en el banco pesquero sahariano, por si le fallan los mares de Canarias, “que no creo”. Y también con una flota de camiones frigoríficos. En este momento sólo trabaja en el atún y en el bonito, que es un atún blanco, “porque del atún se aprovecha todo, como pasa con los cochinos”. Sigue casado con su esposa de toda la vida, a la que conoció con 15 años cuando él tenía 19. Y tienen tres hijos, un varón y dos hembras. Los tres trabajan en la empresa.

-Que se lo pregunten a los japoneses, Ramón, digo lo del atún.
“Son muy raros y siempre encuentran diez excusas para no pagarte. En principio, ese mercado ya no me interesa”.

-¿Por qué sólo trabajas el atún?
“Por la demanda, pero yo no renuncio a nada. También pesqué mucho calamar”.

-A mí lo que me interesa es tu faceta humana.
“Pues entonces no me preguntes a mí, sino a los demás. ¿Qué quieres que te cuente?”.

-Pues cómo te hiciste rico, por ejemplo.
“Trabajando. Una vez, el director de la sucursal del Banco Santander de Vallehermoso me dijo: “Ramón, ya eres millonario; acabas de pasar del millón de pesetas en la cuenta corriente”. Imagínate, aquello era un capital, significaba ser rico, aunque en La Gomera nunca se ha sabido del todo quién era rico y quién no”.

(Nos acompaña en la entrevista Paco Gómez, industrial de la carne, del vino, de la hostelería. Paco tiene huevos en muchas cestas. Otro self made man. Paco me confiesa: “Una vez, cuando la riada, se inundaron los frigoríficos donde yo tenía toda la carne. Ramón me salvó la vida. Metimos la mercancía en uno suyo que tenía vacío y que era una maravilla. Cuando al cabo del mes le pedí la factura, me dijo: “¿Cómo te voy a cobrar a ti, Paco? ¿Pues tú no eres amigo mío?”. La verdad es que durante mucho tiempo nos reuníamos en los Paragüitas para contarnos las penas y él fue quien habló con Luis Rodríguez, que era director provincial del Banco Santander, para que me prestara algo para empezar el negocio. No tuve más que ir a firmar al banco, ya tenía el dinero disponible; y eso que no había pedido sino tres millones de pesetas. Me dieron cinco. Y a Ramón le pagaban cheques sin ni siquiera firmarlos”).

-Eso que me lo cuente Ramón después, ¿recuerdas, Ramón, el primer barco que compraste?
“Claro, se llama La Remigia y en él navegué mucho tiempo. Yo tengo un convenio con la tripulación, con los técnicos y con los marineros. 60% para mí, 40% para ellos. Y yo luego ajusto cosas”.

-¿Fuiste a la escuela?
“No”.

-¿Y cómo es posible lograr la fortuna tuya sin haber pisado un aula?
“Yo aprendí malamente a leer y a escribir, y las cuentas, con un viejito que estaba siempre en el muelle. Pasaba un camión y me hacía contar los fardos que llevaba y así aprendí a sumar, a restar y a multiplicar. Y en esos ratos aprendí a leer y a escribir, pero nunca pisé la escuela. No podía. Era muy pobre”.

-Cuéntame lo del cheque.
“Fue una anécdota graciosa. Le di un cheque de 15 millones de pesetas de entonces a un proveedor, que a su vez había hecho talones contra esa cantidad, porque estaba seguro de que lo iba a cobrar. Fue al Santander a ingresarlo y el cajero vio que no estaba firmado, yo no me había dado cuenta. El hombre se quedó pálido, porque llamó a la oficina y yo me había ido a La Gomera. En esto apareció el director del banco y se interesó por lo que pasaba. Preguntó de quién era el cheque: “De Ramón el del pescado”, le dijeron. “Pues aunque no esté firmado páguenle el cheque a este señor, que ya lo firmará Ramón cuando venga”. Y así fue. Y eso que al director le había puesto yo el nombre. Se llamaba Pedro y yo le puse Pedro el Cruel. Era una excelente persona”.

Ramón Morales Rodríguez, propietario de Pescados Ramón. | Fran Pallero

-¿Qué haces cuando tienes mucho dinero en la caja, Ramón?
“Compro algún barco y camiones. Y así no me aburro y el negocio va para adelante”.

-¿No te interesa vender en el extranjero?
“Ya te conté lo de los japoneses; no interesa. Ahora mando algo a Francia, pero en el norte de España tengo 48 mayoristas que venden mi pescado, sobre todo bonito. En el resto de España me ocupo yo personalmente; y de lo del norte mi oficina de Madrid”.

-¿Viajas mucho?
“Ya no, antes sí”.

-¿Y tus hijos?
“Muy buenos y muy trabajadores; quizás les haga falta lanzarse más, no depender tanto de mí, que voy cumpliendo años. Mi hijo, por ejemplo, es muy agarrado. No se gasta un euro más de lo necesario. Y sufrí mucho cuando a una hija mía la maltrataron en Hacienda y vino llorando. Se me rompió el corazón y más cuando ellos no tenían razón. El contribuyente se merece más respeto”.

-Ramón, yo no soy nadie para darte consejos financieros. Estoy aprendiendo mucho contigo.
(Paco Gómez me contó lo siguiente. “Una vez, Ramón me dijo: “Mira, Paco, si no hubiera tantos gilipollas por ahí, tú ahora no tendrías lo que tienes”. Y Ramón, cuando le pregunto si le gustan los buenos restaurantes y la buena vida, me dice: “Yo voy a comer a mi casa porque ahí me hacen lo que pido y estoy más tranquilo”. Ya he dicho que hay que sacarle las cosas a cucharones. En cierta ocasión, un marinero quería casar a su hija y fue a verlo, muy triste. “No tengo un duro, don Ramón”. “¿Cuánto necesitas para que organices un buen banquete?”. “Unas 3.000 pesetas”. “Pues toma 35.000 y hazle una buena boda”. Y también le regalé el colchón para el dormitorio de la nueva pareja”).

-¿Te dan muchos sablazos?
“No, lo que sí me piden son muchos anticipos. Pero mi personal se jubila conmigo. Yo no recuerdo haber despedido a nadie. Hay mucha gente buena. Lo que tengo no me va a dar tiempo de gastármelo. Si puedes hacer feliz a la gente, la haces”.

-Creo que con el atún preparas platos maravillosos.
“Sí, pero no para comercializarlos. Yo compongo algunos manjares para los amigos. No vendo pescado envasado, pero sí hago experimentos con atún y bonito y aceite de oliva y aceite de girasol. Hemos conseguido cosas muy sabrosas, pero ya digo que para los amigos”.

-¿Y todo está en tu cabeza?
“Pues sí, creo que tengo una buena cabeza. Me levanto de madrugada para ir a recibir los barcos. Y hablo con los patrones y los mecánicos constantemente por satélite, cuyo sistema tengo incorporado a mi teléfono móvil. Así sé en cada momento cómo van las capturas, no solo de mis barcos, sino de otros que tengo alquilados, y me cuentan las incidencias. Y ayudo también a los que no son míos. Y mantengo un grupo de mecánicos especialistas que reparan los motores. Y le mando un Perkins a quien lo necesita, sea el barco mío o de otros”.

-Por curiosidad, ¿cuánto cuesta un bermeano de los nuevos?
“Unos dos millones de euros”.

-¿No te da miedo haber crecido tanto?
“Si tienes miedo en este negocio no duras media hora vivo. De miedo, nada. Ni tengo miedo, ni tampoco tengo nada que ocultar”.

-¿Qué queda de aquel niño, Ramón el de Gloria, de aquella miseria, de aquellos apuros de juventud?
“Pues los recuerdos. Vine a Tenerife con 17 años y lo pasé francamente mal. Trabajé de chófer para sobrevivir y sin parar. Me sacrifiqué para sacar adelante a mi familia. Mira, en La Gomera, por aquellos años, ser rico era tener para comer. Siempre recordé a aquel director de la sucursal bancaria de Vallehermoso: “Es usted millonario”. “¿Seguro?”, le pregunté. Yo no sabía ni lo que había ahorrado”.

-¿Has diversificado el negocio?
“Sí, me he metido en el sector inmobiliario. Tengo unos 50 apartamentos en La Gomera y otras cosas, pero lo mío es el pescado”.

-¿Y qué se siente siendo rico?
“Nada, la necesidad de seguir trabajando. Si a mí me quitan el trabajo no duro un mes”.

-¿Y te vas a retirar, tienes ya 78 años?
“Ni hablar. Al pie del cañón”.

-¿Pero sí estarás orgulloso de lo que has conseguido?
“¡Claro! He creado un imperio a partir de un carro y un burro y, antes, de una caja con pescado que siendo un niño transportaba a hombros por caminos pedregosos y peligrosos. La mía fue una vida de lucha. Y me gustaba ayudar a la gente. Un señor que había estado en la División Azul, cuyo nombre no recuerdo, creó una pequeña empresa de caviar gomero. Cerraba las latas con una soldadura, con un soplete. Yo le llevaba el pescado, la caballa, de donde sacaba las huevas. Era un producto excelente que luego se puso de moda, el famoso caviar gomero. Nunca le cobré nada por ese pescado. Se lo merecía porque también era un luchador”.

(Nos estamos bebiendo dos botellas de Linaje de Pago, el vino de Paco Gómez, que es delicioso, un rojo carmín tinto. La verdad es que me ha sorprendido. Paco interviene en la entrevista para decirme, “pon esto, pon lo otro” y para recriminarme que en el pasado fuera un periodista hijoputa y halagarme el oído con que ahora soy una buena persona. “Pero ahora soy pobre, Paco”. “¿Y eso qué tiene que ver?”, me sermonea).

-Me han dicho, Ramón, que tu fábrica de la dársena pesquera es una maravilla.
“Bueno, funcionan esas naves con alta tecnología, con lo último, para conservar el pescado en óptimas condiciones, es verdad”.

-¿Eres hijo único?
“No, mis padres tuvieron tres hijos. Yo soy el mayor. Mi padre era peón de albañil y mi madre ama de casa”.

-¿Y temes que te engañen?
“A estas alturas de mi vida uno se las sabe todas. Controlo hasta el último pescado y eso que este mundo de la pesca es difícil. Tienes que tenerlo todo muy al día”.

(Usa mucho la palabra arranchar, que yo desconocía. En el mundo de la pesca, arranchar es preparar el barco para que se haga a la mar: víveres, útiles de pesca, todo lo necesario para que los marineros y los “oficiales” hagan su trabajo).

-¿Te has sentido traicionado alguna vez, Ramón?
“No, a mí nadie me ha traicionado jamás”.

-A veces uno conoce a gente extraordinaria. Como yo hoy.

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