tribuna

La conspiración del silencio

De cómo Juan-Manuel García Ramos arranca más secretos a una guerra en la que uno de los contendientes no se defendió

Cuando escribí la trilogía sobre la guerra civil en Canarias no encontré editorial que la publicara. Tuve que crear una para poner en la calle “Gesta y sacrificio del teniente González Campos”, “El periodista Víctor Zurita y el golpe de Estado de 1936” y “Días de silencio”, esta última un resumen de mi tesis doctoral. Juan-Manuel García Ramos ha tenido más suerte porque Mercurio Editorial dio a la imprenta una obra capital en la narración de hechos desconocidos hasta ahora, inmersos como estamos en una conspiración del silencio local y cruel. Hablo de “El Delator”.
Charlo mucho con Juan-Manuel como para acudir a la entrevista como vehículo de análisis de su obra, que considero capital y valiente en el estudio de lo que ocurrió en Canarias, y más particularmente en Tenerife, en los días y en los años terribles de la guerra civil. Aquí no hubo combates, pero sí muchas muertes provocadas por el bando ganador, que se dedicó a masacrar a sus enemigos, sencillamente por pensar de distinta manera a la que opinaban los vencedores. Aquí no hubo ni checas, ni asesinatos de la izquierda. Aquí fue la oscura derecha quien se dedicó, manu militari, y manu falangista, a asesinar a sus víctimas, por la vía del fusilamiento o del saco lastrado y lanzado al mar.
Siempre nos ha perdido nuestra endogamia. En las Islas se alaba continuamente a los mismos escritores, que cuando mueren son sustituidos por otros más jóvenes, que son citados permanentemente como la elite de las letras. Es todo mentira: son gentes vulgares literariamente, que hacen ficción pero no son capaces de venderla sino a una Consejería de Cultura de turno que compra el bloque sus obras y las mete en un depósito. Esos son los que luego se reúnen para concederse los premios entre ellos. En todo territorio chiquitito siempre ganan los listos. Tampoco a ningún escritor de provincias le concederán nunca el Mariano de Cavia y otros galardones literarios: se los reparten los de Madrid.
Juan-Manuel es distinto. Ha elegido un tema apasionante, a partir de una confidencia, quizá de una carta póstuma, quizá desde una conversación en una cancha de tenis con quienes sufrieron en carnes cercanas los rigores de un conflicto entre hermanos que acabó en dictadura, en dictablanda y, final y felizmente, en democracia. Pero para conquistar esta última hubo de morir mucha gente, como Domingo López Torres, cuyos restos descansan en el fondo del mar, dentro de un saco que la historia y el tiempo habrán desintegrado.
Era el más modesto de los escritores y poetas surrealistas, el hermano pobre de la que se consideraba elite intelectual de los años anteriores a la guerra civil, el admirador de Breton, el propietario de una humilde librería que se atrevió a editar cuando nadie lo hacía y que se empobreció haciéndolo. Desde la Comandancia Militar acechaban los coroneles Cáceres y González Peral, el sanguinario capitán y censor Otero, los militares chusqueros retirados que fueron rehabilitados en sus empleos para custodiar y torturar a los presos de Fyffes; y, como víctimas, los desgraciados que poblarían la terrible cárcel franquista.
Prologué una obra de Rial que constituyó la segunda parte de “La prisión de Fyffes”. Creo que se titulaba “Segundo naufragio” o quizá otra, no recuerdo ahora y no tengo ganas de mirarlo. Y Rial hizo lo propio con una obra mía sobre la guerra y aportó todo un capítulo para la segunda edición de la narración de los hechos del 18 de julio en la plaza de la Constitución o de la República, luego bendecida con el nombre de La Candelaria. Dos muertos: un cabo de Asalto y un soldado falangista. “Pasa y no los mires”, dijo el Dante y repite Rial en el prólogo, como queriendo olvidar todo aquello. El viejo periodista siempre me dijo que ya no sentía odio, pero que era capaz de olvidar. Juan-Manuel García Ramos y yo lo visitamos en su Quinta Ítaca de Caracas. Él fue el brillante cronista de la guerra civil en Canarias, una guerra con pocos tiros y muchas muertes.
El catedrático emérito de Filología Española de la Universidad de La Laguna ha tenido la valentía de adentrarse en los secretos de la conspiración del silencio. Los que vendieron a López Torres fueron sus propios amigos, para salvarse ellos. Y, de manera principal, un personaje que luego, en la postguerra, fue mimado por el franquismo oficial y que repartía premios y aparecía en las revistas literarias. Otros de los falsos amigos del hombre asesinado se convirtieron en cajeros de grandes bancos y en directores de instituciones financieras. El velo se ha caído. Definitivamente.
En el capítulo XXIX de “El Delator”, García Ramos apunta “de cómo el asesinato de Domingo López Torres pudo considerarse una muerte simbólica para castigar a una generación iconoclasta que no se aceptaba por una sociedad santacrucera más conservadora y de cómo el familiar allegado a Domingo cerca a su posible delator y lo sitúa alrededor de Fyffes”. Nunca nadie fue tan valiente narrando unos hechos ya lejanos en el tiempo pero que en una sociedad pacata y con notorios poderes ocultos cobran ahora notable importancia.
Ya se sabe que el tema de la guerra civil es inagotable, tanto en su nivel global como en su parcela provinciana. Y más en las islas, de donde partió Franco para iniciar su cruzada de tres años que al final duró cuarenta. Juan-Manuel echa el señuelo y dispersa la carnaza; y nombra a Francisco Aguilar y Paz, jugando al despiste, pero él y yo sabemos que el delator del pobre López Torres, cuyo único delito había sido convertirse en un ser libre, fue otro. Quiero decir que otro Gallo cantó en esta historia.
El gran mérito de “El Delator”, además de estar escrito el libro con la pulcritud de estilo que caracteriza al autor, que incluso fue felicitado por una editorial de renombre nacional, es la valentía en el tratamiento de los hechos. Y también en el fino olfato de periodista de Juan-Manuel a la hora de elegir, quizá por casualidad, al contador de la historia, a quien dedica el libro, Juan Antonio López Delgado, sobrino de López Torres, la víctima de un proceso cruel y silencioso.
Lo cierto es que el libro se convierte en clave para entender, aún más, un periodo cruel y silencioso de una guerra ya dije que con pocas balas y muchas muertes. La sociedad chicharrera es implacable. Existen en ella poderes ocultos que salen a la luz en los momentos precisos, poderes implacables que condenan o absuelven mucho más que los tribunales de justicia y que no han muerto, sino que siguen vivos aunque ya no exista Fyffes, ni Franco, ni las madres que los parieron. Unos cuantos siempre se salvan, bien porque se crean en torno a sí mismos una leyenda de honradez que no tienen, bien porque se convierten en gurús de los poderes políticos o literarios. Son siempre los mismos. Y entre ellos, ya muerto, estaba el delator. Así que no hace falta darle demasiadas vueltas para imaginar su identidad. Ni siquiera llevaba máscara, como las del Carnaval de Venecia. Máscaras leves, tan leves que todo el mundo sabe quién está detrás.
Tengo que celebrar que Juan-Manuel García Ramos haya abordado el tema con la brillantez de su pluma acerada y que haya volcado su mala leche en el rigor de los hechos, aunque haga fintas para no herir más de la cuenta a la sociedad tan extraña en la que él, ustedes y yo vivimos.

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