el charco hondo

La silla

El cuñado del vecino del tercero tiene una amiga que conoce a un tipo poco dado a bailar en las bodas; al parecer, tampoco se lanza en los cumpleaños propios o ajenos. El tipo que conoce la amiga del cuñado del vecino del tercero no tiene baile fácil, le cuesta, tarda en soltarse. No le disgusta, pero no es lo suyo; no en frío, al menos. Será por timidez o porque sin copas no le sale, pero suele esperar a que otros se animen y, entonces sí, a sala o pista llena se marca sus pasos; sin alardes, y sabiéndose difuminado por la multitud. Al susodicho siempre le han llamado la atención (curiosidad antropológica, suele decir) los que sin acabarse el postre, y con la barra libre todavía por abrir, salen a la zona de baile para que los novios no se sientan tan solos, ni ridículos. Más tarde, con el alcohol haciendo estragos en el software de los invitados (y en el suyo), pone el automático y es perfectamente capaz de bailar hasta que encienden las luces y quitan la música, bueno, bailando o quizá sería más preciso decir moviéndose, haciendo que baila. En bodas, carnavales y otros acontecimientos bailables, el amigo de la amiga del cuñado baila igual de bien o mal que la inmensa mayoría, repitiendo idéntico paso, pasito a pasito; pongan lo que pongan, la coreografía es la misma, tanto da si suena Camilo Sesto, Alaska o algún Maluma de penúltima generación. Según le han contando al cuñado del tercero, el amigo de su amiga está deseando bailar, lo echa de menos, tal es así que cuando en los baños de los restaurantes hay hilo musical se marca sus pasos al entrar o salir, qué decir en la máquina de café de la empresa. No es el único. Hay tantas ganas de música, de baile, de fiesta, de juntarse sin contarse, que cada vez más gente busca cualquier resquicio de música cual mosquitos cazando luz. Hay cansancio de pandemia, y de silla. Sí, de silla. Cuenta el amigo de la amiga del cuñado del vecino del tercero que con las restricciones, sean generales o musicales, en los almuerzos, cenas y sobremesas la silla marca el mundo permitido, el microcosmos donde nos tienen enjaulados las olas del virus; la silla como partícula de libertad, siempre y cuando mantengas el culo pegado. El tipo tiene tantas ganas de fiesta (de música que incite a cantar y bailar) que, según le dijo a unos conocidos, cuando todo esto pase en las bodas asaltará el vals de los novios. Yo es que nunca he sido de bailar ni de salir en carnavales, pero entiendo perfectamente al amigo de la amiga del cuñado del vecino del tercero.

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