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Las confesiones de un pureta

Tengo que fijarme muy bien en lo que digo. La edad no perdona y mi despiste viejuno me juega malas pasadas. Por ejemplo, cuando escribo de Ángel Víctor Torres lucho para que no me salga el nombre de Víctor Pablo Pérez. Y cuando me refiero a Manolo Vieira me salen Juanito Cruz y el canento de Los Gofiones. Nunca sé bien dónde estoy y lo atribuyo a la pérdida de memoria y a que confundo nombres y asocio colores, pero no distingo a las personas. El canario tiende a confundir los nombres y yo me encuentro en el grupo. Y sé que así nunca entraré en la Academia Canaria de la Lengua, esa asociación de biólogos, con sede de chalet de pobre en las casas baratas de Santa Cruz. Lo mejor es que hace esquina y le dan todos los vientos, con lo cual los señores académicos -los que van- no harán oídos sordos a las palabras, que es para lo que están ahí, no para practicar la entomografía, que es un palabro en desuso. Estaba hablando con una buena pintora tinerfeña y le decía que a ella nunca le editarán un libro negro de la colección de artistas porque la tienen como una burguesa acomodada. Lo mismo que a mí jamás me editaron una obra mía aunque estuvieran mis amigos en el Gobierno, quizá porque me daba pudor pedírselo. Aquí se publican unos a otros y siempre son los mismos, con lo cual siempre leemos lo mismo, que a veces es abominable. La endogamia, que le dicen. Ustedes disculpen, son las confesiones de un pureta harto de casi todo, aunque divertido. Umbral no entró en la Española porque decían que era frívolo y doña Emilia Pardo Bazán tampoco, pero porque se acostaba con Galdós. A ver si yo entro un día en la de aquí, aunque sea por la vía de no acostarme con nadie.

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