el charco hondo

Lo de Rocío

Los alérgicos a las opiniones impermeables, y a las posiciones inamovibles, buceamos alegremente en el mar de las dudas; lo hacemos sin ponernos límites, dudamos porque -como apuntó Victoria Camps, en Elogio de la duda- el conocimiento es una proeza a través del ensayo y del error. Escuchar. Reconocer. Aprender. Rectificar. Dudo por defecto, de oficio, qué decir cuando voces con las que suelo coincidir (Roy Galán o Iñigo Errejón, entre tantos) me sorprenden con su parecer sobre lo de Rocío Carrasco. Dudo. Cuando se escribe sobre el dolor de terceros el riesgo de resbalar condiciona, se multiplica, impone. Las valoraciones que aludan a las víctimas de la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, exigen humildad y disculpas de antemano (a quienes hayan sufrido o sufran esas situaciones, porque solo ellas están realmente autorizadas para hablar u opinar). Cuesta. No resulta sencillo pronunciarse sobre lo de Rocío Carrasco. Y, envuelto en dudas, no es fácil concluir que lejos de sumarme a los argumentos de quienes han considerado necesario su testimonio de maltrato (Errejón), creen que ha legitimado la voz de quienes sufren violencia de género (Irene Montero) o destacan que así otras verán que no están solas (Galán), creo que el fin no ha justificado el medio, la escena, así no. Al contrario, ofende que el terror, la pena, el dolor o la violencia lleguen a otras víctimas al servicio de un espectáculo millonario, del circo publicitario, los ingresos conocidos o desconocidos, la carnaza para disparar la audiencia de programas colindantes, la dramatización promocional o las secuelas que generará un testimonio que apuntalaron sorteando doce mil euros. Cuesta pensar que lo de Rocío Carrasco ayudó a que tres millones de espectadores se hayan ido a la cama sensibilizados, no lo creo. El intento de suicidio de alguien que ha sufrido malos tratos, o el derecho a denunciarlo, merece otro cauce, otra herramienta. Difícilmente se verán reflejadas quienes lo sufren en soledad, lejos de contratos y programadores. La televisión no fue el medio, sino el fin. Las víctimas de violencia de género, a años luz de las vísceras de la industria del espectáculo, difícilmente se verán reflejadas con un testimonio que los contables cebaron con un concurso. A riesgo de equivocarme, y deseando que sea en el juzgado donde se juzgue a los implicados, el programa -elevado con pinzas a la categoría de documental- ofende, confunde y arrastra a la violencia de género a un registro dañino. Así no.

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