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¿Por qué nunca escribí un libro sobre Nueva York?

Nunca escribí un libro sobre Nueva York, a pesar de mis frecuentes viajes a esta ciudad. Un libro sobre la metáfora del ruido y el peligro, porque una vez Nueva York fue ciudad de mafias y de bandidos de cuello almidonado. Ya no, desde hace tiempo. La primera vez que viajé allí, en el 71, robaron a todos mis compañeros en sus habitaciones del hotel Biltmore, menos a mí. Será que no vieron nada útil que llevarse de la mía. Otra vez, ya lo he contado alguna vez, estando sentado en un bar de enorme cristalera, vino hacia mí un negro con un revólver en la mano. Vi brillar el arma, con el sol de la ciudad. Y cerré los ojos y no sé si recé algo. Cuando los abrí, ni el hombre negro ni la pistola estaban allí. Otra vez, oyendo misa con mi padre y unos amigos en San Patricio, entraron en tropel docenas de policías con sus armas en la mano. Perseguían a un hombre que había matado a un tendero armenio. Lo apresaron en el momento de la consagración. El cura paró la misa, rodeado de los gorilas que vigilan permanentemente el templo, también armados. Nueva York es una enorme caja de sorpresas, lo habría dicho en el libro que nunca escribí. Y el Plaza, el hotel en el que tantas veces me alojé (la última, en 2008), es como una universidad del lujo y el trasiego vibrante de gente que vive muy deprisa. Ya no iré nunca más a Nueva York, porque me ha entrado el miedo que nunca tuve y me cuesta abandonar la seguridad de mi casa. Mi casa es como una madriguera en la que no pueden caer las bombas de la enfermedad ni otras bombas. Lo tengo todo a mano y no debo dar demasiados pasos para encontrar la felicidad que da el confort.

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