despuÉs del paréntesis

San Francisco

Jamás la muerte está libre de legitimidad. Todos los tránsitos se justifican. ¿Cómo oponer, entonces, lógica a ese signo? Pongamos que no es justo que una buena persona desaparezca de este mundo antes de tiempo frente al malvado tal que… No ocurre. Dios prevé, nos enseñaron en religión; prevé que los dos únicos hijos habidos desaparezcan por un accidente de automóvil y dejen huérfanos a sus progenitores. Lo pertinente en todos los casos es que la muerte no afecta a los muertos, afecta a los vivos. ¿Qué hacer ante semejante trance? Por más que nos engañemos, aclamar la vida como principio. La cuestión no es tanto exigirnos eso que llamamos “recuerdo” (inevitable) cuanto hacer constar lo que Platón defendió: ratificar la cosa por la cosa; por ejemplo, el amor, que no resulta de las veces que te has acostado con alguien sino de lo que ese sentimiento acredita: singular, particular, intransferible. De lo cual se deduce el ser. Pongamos que alguien te acompaña y ya ha agotado los 94 años de edad. Ordenas lo que esas fechas marcan cerca del fin y encajas la larga experiencia (un siglo casi) en quien lo disfruta. Pues la cuestión resuelve a la diatriba por argumento distinto al simple conocimiento, eso que colegimos de las noticias policiales, el Barçagate, sin ir más lejos. La jueza redactará el informe cuando haya sentencia y se asumirá el cómo es posible que los dirigentes de un club atenten contra sus fundamentos para… Pero eso, en ocurriendo, no es la verdad; la verdad es lo vivido. O lo que es lo mismo, el problema de los vivientes es que somos entidades de representación, esto es, podemos ser distinguidos, considerados e incluso reproducidos… Eso no somos. Luego, es cierto que la muerte sentencia al ser en su todo y por la muerte no es dada la gracia de “reconstruir”, por más prolongarnos en eso que de las pruebas da la historia… Mas asunto de simulacro, no del real. O lo que es lo mismo, la muerte delimita por el punto y final; muestra su valor supremo por lo que completó una existencia. Eso dice el óbito, “v.gr.”, de un tal Quique San Francisco que vivió y fue actor; y por eso, por pura curiosidad, nos aprestamos a considerarlo visitando la Wikipedia o suspiramos conmovidos por la chica que lo ocupó y que sentenció las drogas. Ahora bien, nada de lo que prefijamos dirá el sentido incondicional de San Francisco. Lo dice el trance, el colofón, lo que en la tumba se alonga y jamás se repetirá, jamás se recuperará.

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