el charco hondo

A la madrileña

Yo condeno, pero confieso. Condeno, sin ambigüedades o medias tintas, que se amenace de muerte -con o sin balas- a la directora de la Guardia Civil, al vecino del tercero, al ministro del Interior, al auxiliar administrativo que tiene las oficinas en el entresuelo, al candidato de UP a la presidencia de la Comunidad de Madrid, a las cajeras del súper o al del bar de abajo, a la ministra de Industria, Comercio y Turismo, a quienes piensan como yo o a los que detestan lo que pienso, a unos u otros, a aquellos a quienes he votado o a quienes jamás votaré. Condeno, sin dudarlo ni generar dudas, cualquier expresión de violencia, la que sea, venga de donde venga, se dirija a quien se dirija. Condeno que se amenace a María Gámez, Grande-Marlaska o Pablo Iglesias, y respiro a años luz de quienes proponen volver al blanco y negro, al pasado más imperfecto, a la peor derecha, a la intolerancia y al señalamiento del diferente, del otro, del que reza, piensa o se enamora distinto. Yo lo condeno, sí, pero confieso el malestar que me genera lo del después. Confieso no terminar de entender por qué alguien abandona un debate, en vez de quedarse para responder con inteligencia y altura a las provocaciones. ¿Qué sería del parlamentarismo si los grupos decidieran ausentarse cada vez que partidos puede que indigestos, pero con representación igualmente democrática, suben a la tribuna o participan en alguna comisión? Yo condeno lo condenable, sí, pero confieso que me llevo mal con la teatralidad y sobreactuación electoral. ¿Acaso han caído ahora en cómo se las maneja Vox?, ¿por qué estos días? Yo condeno, pero también confieso que las apelaciones al cordón democrático (ese llamamiento a no sentarse con la derecha extrema) me llegan a la nariz oliendo a partículas de hipocresía, porque de lo que realmente están hablando es de Ayuso, del PP, no de Vox, del mismo PP con el que llegan a acuerdos aquí o allá, antes y después. Se quiere aislar a Ayuso, Vox pasaba por allí. El discurso de estos últimos días es forzado. Resucitar una campaña que veían perdida señalando a los más moderados -afeando la equidistancia de quienes no se suman al guión- huele más a sondeos que a urgencia democrática. Condeno la violencia y también que no se condene, y no quiero a Vox en ministerios, consejerías o concejalías, pero confieso que me cuesta sentirme cómodo con los eslóganes de campaña del día después de un debate que debió continuar. He pasado esta última semana en Madrid, y no vi a nadie insultándose, ni amenazando, solo me crucé con gente trabajando, lidiando con los problemas que tenemos en este país.

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