superconfidencial

Campeón de cartas chimbas

En la noche de los tiempos, cuando las revueltas de los portuarios, magistralmente conducidas por Oswaldo Brito y Chiri Ravina, este último paz descanse, recibí por correo -y nunca supe quién lo envió- un sobre que al tacto parecía materia gelatinosa. Yo trabajaba en este periódico, era subdirector me parece. O quizá redactor-jefe. El sobre venía estanco, eso sí, pero cuando lo palpé, antes de abrirlo, sospeché. Me lo acerqué a la nariz y percibí un indudable tufo a mierda, por lo que intuí su contenido. Y lo tiré a la basura. Lo cierto es que servidor había sido muy crítico con los huelguistas, que quisieron obsequiarme con una digestión floja, que afortunadamente nunca vio la luz porque me di cuenta antes. Años más tarde, un recluso de la prisión Tenerife II, llamado Mustafá, se cortó un dedo y me lo envió por correo, junto a una carta que proclamaba su inocencia. Pedía ayuda. Había sido condenado por un asunto de trapicheo de drogas. Fue mi secretaria, Pupé, quien abrió el sobre. Imaginen el susto. Llamé a la policía y pedí a los agentes que le llevaran el dedo putrefacto y la carta a Fernández del Torco, que en esa época era el juez de vigilancia penitenciaria, si no recuerdo mal. No sé qué fue del dedo, aunque me lo imagino. Ahora, cuando leo que una ministra recibe por carta una navaja ensangrentada -o pintada- y otros políticos balas de fusil, pues la verdad creo que yo les gano a los puntos. Si ustedes leyeran el correo que me mandaron el otro día porque un tipo renegaba de mi ateísmo, ni les cuento. El dedo de Mustafá provocó una novela mía, que tuvo bastante éxito, incluso entre los estudiantes de Periodismo. Espero que no se ponga de moda en este país la correspondencia chimba de balas, de mierda y de dedos. Ya tuvo su momento.

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