tribuna

Desempolvar el Quijote

Igual que Cervantes entierra a los flecos del agónico mundo medieval con sus quimeras caballerescas, presentando las desventuras delirantes de un personaje anacrónico, llegará un día en que las sociedades apalancadas en las lealtades ideológicas dejarán de tener sentido, y toda esa carga sin razón en que se apoyan nos parecerá igual que el sueño disparatado de Alonso Quijano. Estamos asistiendo a un cambio de etapa y aún nos sentimos amarrados a una fatalidad que está dando sus últimos coletazos. Sin embargo, la fuerza con que algunos se empeñan en mantener presente lo que se esfuma en el horizonte de lo venidero es la del desesperado que sabe que le quedan pocos puntos de apoyo en donde anclarse. Hace años que George Lakoff anuncia la desaparición de los bloques ideológicos tradicionales, pero alguien, que se cree más moderno que él, está esforzándose en mantenerlos en vigor. No me gusta el verbo mantener. Un auténtico corrector de estilo recomienda no usarlo salvo cuando se refiera a manutención, pero hay ocasiones en que me resisto a desecharlo, porque se refiere al empecinamiento en alimentar una idea o un concepto, o en procurar su mantenimiento con la ración diaria de demagogia para que siga en pie cuando todos saben que está a punto de ser enterrado. El régimen en que vivimos está dando sus últimas bocanadas, pero se aferra a las tablas, igual que hacen los toros antes de morir. Tenemos otra vez sobre la mesa el debate socialismo versus fascismo. Después de la publicación del libro de Antonio Scurati, “M, el hombre del siglo”, es difícil lograr que alguien crea que esa dicotomía pueda seguir manteniéndose en pie. Otra vez el mantener, que no significa otra cosa que la conveniencia de insuflarle algo de energía artificial a aquello que está obsoleto. Estamos ante un escenario ficticio, intentando reproducir una antigua relación necesaria y suficiente en la división de las sociedades, que tuvo su protagonismo desde los comienzos del siglo pasado. El socialismo no puede vivir sin el fascismo, y viceversa. Todo lo que se separe de esta absurda lucha estará cada vez más cerca de lo que exige el mundo actual. No olvidemos que Cervantes también escribió “El retablo de las maravillas” y en él se pueden tener visiones mágicas distorsionadoras de la verdad, gracias al embrujo de los embaucadores. Nuestro gran novelista, que es el diseñador de la realidad fantástica española, entierra al mundo antiguo con la chanza de las ventas repletas de personajes que hacen de la burla su práctica común, pero, a la vez, refleja cuáles son las tretas para seguir engañando a los incautos. Deberíamos leer un poco más el Quijote, o lo que escriben sobre él Unamuno, Azorín, Ortega, o Julián Marías. Si lo hiciéramos concluiríamos que los personajes que hoy intentan conducir nuestras vidas son fantasmas del pasado, gentes que quieren reconstruir nuestra memoria llenándola de libros de caballerías. Por el momento continuamos peleándonos con gigantes imaginarios y alanceando a las aspas de un molino. Bien haríamos en capturar a estas figuras de la fantasía y devolverlas al libro del que un día se escaparon para hacernos ver una falsedad alocadamente enfermiza. Una vez dentro, cerraríamos las tapas, y después de una pacífica reflexión para asumir el tiempo que dejamos atrás, volverlo a abrir y leerlo asimilando la ridiculez del papel que abandonamos, como hace Cervantes en su inmensa novela. Tenerla a mano nos salvará, porque no hay nada mejor que disponer en la mesilla de noche del retrato de lo que fuimos para reírnos a gusto contemplándolo cuando nos venga en gana.

TE RECOMENDAMOS