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El rapto de la pandemia

La tragedia que supone la pandemia encierra en sí misma una segunda tragedia, que es su rapto por la política y por los políticos. Y lo que es peor, unos políticos que han pretendido legitimar sus disparates, sus continuas contradicciones y sus mentiras en unos comités asesores de investigadores y expertos que simplemente no han existido, como en España, o han sido manipulados y ninguneados. No nos engañemos; en la Organización Mundial de la Salud o la Agencia Europea del Medicamento mandan los políticos y la política, y sus anuncios y decisiones se rigen por criterios estrictamente políticos. Por ejemplo, los ciudadanos estamos cansados de saber que es evidente la relación causal entre la vacuna de AstraZeneca y las muertes por trombosis de personas vacunadas con esa vacuna. Sin embargo, la Agencia Europea continuaba con sus habituales estupideces sobre que lo estaban investigando y no había pruebas concluyentes; y tuvo que ser uno de sus técnicos el que se adelantara y confesara la verdad que todos ya sabíamos.

El rapto de la pandemia por los políticos tiene consecuencias dispares según los políticos de que se trate. En los países serios, como Estados Unidos o Israel, su gestión está siendo razonablemente aceptable. En España, por el contrario, es una continua ceremonia de la confusión, en la que partidos y gobiernos se tiran los virus unos a otros en luchas políticas y electorales, y nos prometen recuperaciones sociales, económicas y turísticas para no sé qué mes futuro. Claro que cuando ese mes llega, nos prometen la recuperación para otro; y así vamos tirando: en Canarias sabemos mucho de eso. La enorme sorpresa ha sido constatar que la Unión Europea es un auténtico desastre de gestión, y que, en el asunto del virus, sus responsables son tan cantamañanas como los españoles.

Y luego está el problema de AstraZeneca. Porque esa vacuna es problemática, por mucho que políticos y técnicos rivalicen en negarlo para no alarmar a la población y porque hay millones de dosis en juego. Ya dio problemas en su fase de experimentación en el laboratorio, y es evidente que es la causa de que algunos vacunados con ella en España y muchos otros países hayan sufrido trombosis y, en demasiados casos, hayan fallecido. Da igual que sean muy pocos: es obsceno y éticamente reprobable reducir una vida humana a un dato estadístico. Sí, ya sabemos que el prospecto de la aspirina advierte sobre innumerables efectos secundarios, pero ningún político ha tenido que tomarse una aspirina ante las cámaras de televisión para tranquilizar a la ciudadanía.

Y a nadie se le obliga a tomar aspirinas. El Gobierno francés ha asegurado la pasada semana que la Unión Europea estará suficientemente aprovisionada en vacunas contra el coronavirus a partir del segundo semestre de este año, por lo que se podrá prescindir de AstraZeneca. En cualquier caso, el vacunarse o no con esta vacuna ha de ser una decisión responsable que cada uno deberá tomar libremente y bajo su exclusiva responsabilidad, porque comporta un riesgo cierto. El grave problema es que si estás en el rango de edad correspondiente no podrás elegir una vacuna alternativa, y si rechazas AstraZeneca te quedarás sin vacunar. Es lo que tienen los políticos y su nulo respeto por la libertad ciudadana.

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