EN LA FRONTERA

Eutanasia en tiempos de pandemia

Estos días, a pesar de la que está cayendo, de los miles de ancianos y personas mayores que han perdido la vida por culpa de la pandemia, se acaba de aprobar la ley de la eutanasia. Una ley que dentro de no mucho tiempo dejará paso, es lógico, a una ley de cuidados paliativos, a […]

Estos días, a pesar de la que está cayendo, de los miles de ancianos y personas mayores que han perdido la vida por culpa de la pandemia, se acaba de aprobar la ley de la eutanasia. Una ley que dentro de no mucho tiempo dejará paso, es lógico, a una ley de cuidados paliativos, a una ley de protección de la vida terminal que sustituirá a una ley de liquidación de la vida terminal.
En los actuales momentos, si algo ha prendido en la sociedad española es el reconocimiento a nuestros mayores, a esas personas, muchas de ellas de edad muy avanzada, a las que tanto debemos y que tanto han hecho por nosotros y por España. Por eso, la ley de eutanasia en este tiempo tiene un plus de maldad que refleja la catadura moral de quienes apoyan la muerte de personas en estado terminal.
En este tiempo de coronavirus parece que el sentido general del derecho a la vida ha cambiado y mucho. La radiografía de la real realidad sociológica española y de muchos países europeos muestra una sociedad envejecida en la que el recurso generacional no está garantizado. En este contexto, no hay que ser demasiado inteligente para adivinar cuál sería la reacción social, por ejemplo, de hacer ahora mismo, un referéndum sobre la eutanasia.
Estos días hemos comprobado y experimentado que la función esencial de los médicos es curar a los enfermos, para que puedan seguir viviendo en las mejores condiciones de salud que sea posible. Por eso, estos días es todavía más importante recordar que no se debe confundir el derecho a una muerte digna, a una muerte humana, a una muerte acorde con la vida, con la eutanasia. La eutanasia es provocar la muerte de un enfermo, cuando la medicina tiene como misión básica aliviar y curar a las personas.
Hoy en día, como es bien sabido, las técnicas de cuidados paliativos reducen considerablemente el dolor y ordinariamente se puede sobrellevar una enfermedad grave o terminal en condiciones dignas.
Un enfermo, aunque no esté en plenitud de facultades y no pueda levantarse porque está tendido en una cama, cuenta con el afecto de sus familiares y merece la pena ayudarle a seguir viviendo.
La clave de la inhumanidad de la eutanasia estriba precisamente en la progresiva tecnificación en que se ha sumado también la medicina, probablemente la ciencia que debiera ser la más humana de todas. Este tiempo de la pandemia contribuye poderosamente a tener más presente al paciente, con sus preocupaciones, preguntas e inquietudes. Cuando al paciente la medicina lo abandona a su suerte y se convierte en un número o un expediente que hay que despachar en el menor plazo de tiempo posible, entonces empiezan los problemas.
Si ponemos el acento en la humanización de la medicina, las cosas pueden contemplarse desde otro punto de vista. Si en lugar de la técnica o de los médicos el centro de la medicina se coloca en quien por derecho propio le corresponde, el paciente, entonces los cuidados paliativos debieran evitar que se plantee la eutanasia porque, en definitiva, si la medicina cumple su tarea, la eutanasia sobra. Aparece, no lo olvidemos, cuando al paciente se le abandona o se le trata como una cosa.
Si es posible aliviar el dolor, ¿por qué esta obsesión del presente, justo en medio de una creciente mortandad de personas mayores y con patologías severas, por evitar el dolor recurriendo a la muerte del ser humano? La eutanasia no es una cuestión ideológica, como la enfermedad tampoco lo es. Es, sencillamente, un asunto de humanidad o de inhumanidad. Así de claro.