ECONOMÍA

La Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos en el desarrollo de Canarias: peones camineros

Cuando recorremos algunas carreteras en Tenerife aún podemos contemplar las antiguas construcciones donde vivieron los peones camineros

Foto de la Casilla de camineros en la carretera de El Porís a Arico Viejo
Foto de la Casilla de camineros en la carretera de El Porís a Arico Viejo

Cuando recorremos algunas carreteras en Tenerife aún podemos contemplar las antiguas construcciones donde vivieron los peones camineros. Las llamadas casillas de camineros. Edificaciones modestas, ejecutadas sin adornos ni decoración, de unos 100 metros cuadrados de superficie y con un patio anexo algo menor que servía de corral para los animales, de los que tenía prohibidos los conejos y las palomas. Estaban destinadas a la vivienda de dos peones camineros con sus respectivas familias.

Construidas con paredes de bloque de tosca o mampostería que se cubrían con morteros o encalados. Sus cubiertas, generalmente planas, con vigas de madera sobre el que se colocaban astillas de madera o cañas muy unidas en la dirección opuesta a la de las vigas. Sobre estas se disponía una torta de mortero o argamasa de cal que daba consistencia al techo. Por toda ventilación dos ventanas de madera a la fachada exterior y otras dos al patio donde viven también los animales que ayudan al sustento de las familias de los dos peones camineros que comparten la casilla. Una única entrada para ambas familias comunica con un zaguán que da acceso a las dos viviendas y al patio.

Hoy en día aún se conservan algunas en desuso a lo largo de la antigua carretera general del sur, de la carretera del norte o la que une Vilaflor con La Orotava atravesando Las Cañadas. Aunque la mejor conservada es la ubicada en el kilómetro 2 de la TF-625 que une El Porís con Arico Viejo y que aún conserva el aljibe subterráneo del patio trasero, alimentado por el agua que se recogía de la cubierta que almacenaba la escasa agua de lluvia que luego utilizaban para beber los habitantes de la casilla y sus animales.

Los peones camineros fueron el eslabón básico del primer sistema de conservación de las carreteras en España. Cada peón caminero tenía a su cargo el mantenimiento de un tramo de carretera de algo más de cinco kilómetros de longitud (una legua en el sistema de medición de la época) y como cuerpo profesionalizado de la administración fue creado en el año 1852, año en el que se le dotó de estatuto jurídico y se reguló el funcionamiento de lo que desde 1799 había estado funcionando sin un ordenamiento homogéneo.

Es en ese año de 1799 cuando se crea la Inspección General de Caminos, el primer cuerpo administrativo para el diseño, construcción y mantenimiento de las carreteras. De este cuerpo se nombra como primer Inspector General a Agustín de Betancourt. Este canario del Puerto de la Cruz será también el primer director de la Escuela de Ingenieros de Caminos y Canales de Madrid, creada en 1802 y base del futuro Cuerpo de Ingenieros de Caminos.

Mapa militar de 1872 (correspondiente a la etapa del sexenio Revolucionario)
Mapa militar de 1872 (correspondiente a la etapa del sexenio Revolucionario)

La Inspección General de Caminos, cuerpo de la administración que unía las funciones de conservación de las carreteras, el auxilio de los viajeros y la vigilancia del uso de las carreteras, era una institución jerárquica en cuya base estaban los peones camineros, continuaba con los capataces de zona y subiendo el escalafón terminaba en los Ingenieros Jefes de la provincia.

No es difícil imaginarse la dura vida de los peones camineros, normalmente viviendo aislados de los pueblos más cercanos y ocupados en el duro trabajo manual que en la época significaba la limpieza de los caños de paso del agua o la reposición del firme de la carretera, en aquella época básicamente piedras machacadas y compactadas. Sus labores no eran solo las de mantenimiento y conservación de los caminos. También se ocupaban del auxilio de los viajeros.

El alivio que habría supuesto encontrar refugio en la casilla de camineros que fue en su día el Refugio de Montañeros en la carretera de Las Cañadas cuando un temporal de nieve pillaba desprevenidos a los viajeros en su trayecto entre Vilaflor y La Orotava y les obligaba a permanecer durante varios días en la casilla junto con el peón caminero, aislados pero seguros. Aunque la picaresca debía existir y existen multitud de ordenanzas prohibiendo la utilización de las casillas de camineros como puestos de venta de comida o cómo alojamiento pagado para los viajeros.

No sólo la dureza del trabajo era penoso en la vida de los peones camineros. El aislamiento de las casillas de las zonas habitadas era motivo de fricciones y dificultades. Hay casos documentados de difícil convivencia, llegando a publicarse recomendaciones proponiendo soluciones al diseño de las casillas para que las familias no compartiesen el zaguán de entrada ni el pasillo que conducía al corral cuando los habitantes de una casilla no estaban bien avenidos. Igualmente se ocupaban de las labores de vigilancia administrativa de los caminos, encargándose de denunciar el uso incorrecto de los caminos, en algunos casos con graves consecuencias para la convivencia entre peones camineros y los vecinos que haciendo un uso fraudulento de los caminos pretendían quedar impunes.

Este sistema de conservación de las carreteras perduró durante todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En los años 60 del siglo pasado, el aumento de tráfico, la mejora de las características de las carreteras que provoca un aumento de la velocidad de los vehículos y la necesidad de mecanización y especialización de las labores de conservación obligan a abandonar el sistema de peones camineros que habitan en el tramo que conservan. Se crean Parques de Conservación que centralizan las instalaciones y la maquinaria que atiende a una determinada zona, desde donde se atienden a unos 150 kilómetros de red las 24 horas del día.

Sirva este artículo de homenaje a los profesionales de la conservación de carreteras, tanto a los de aquellos años como a los de ahora, que con su esfuerzo y dedicación mantienen operativas las carreteras y permiten el desarrollo de la actividad para la sociedad tinerfeña.