tribuna

Los espejos de Madrid. Por Omar Batista

Por Omar Batista, consultor político

Soy un tanto escéptico con los marcos mentales que nos hablan de que existe el fascismo en 2021. Soy más amigo de entender que hay respuestas políticas y sociales que pretenden volver a consensos anteriores, consensos que tenían mucho más calmadas a personas que responden visceralmente ante el consenso feminista, la defensa de los derechos LGBTI o la existencia una España plural y orgullosa de su pluralidad.

Llamar fascista a quien quiere contraponerse a la sociedad española de hoy, moderna, abierta y profundamente empática, me parece un reduccionismo que sólo sirve para corroborar las pasiones de unos y encender los miedos irracionales en los que están en frente. No le quito contenido a las ideas de VOX, pero desde luego que le pondría otro adjetivo con menos trascendencia histórica que el de “fascismo”. VOX es formación que simplemente tiene un programa electoral regresivo en derechos, xenófobo y homófobo, entre otros apelativos. Quien quiera hacerla entender como una organización fascista, creo que la alimenta un poco más, porque para quienes la apoyan o se plantean apoyarla, tal apelativo es ridículo.


Los cuadros de los partidos suelen tener un mayor convencimiento de las ideas del partido que los votantes, pero no por ello tienen que verse siempre como radicales de su causa. Se puede ser radicalmente conservador o radicalmente socialdemócrata. También se puede ser banalmente nacionalista, o hacerse pasar por nacionalista para que los votantes nacionalistas te voten. No hay demasiadas normas en la búsqueda del encaje institucional de tu voluntad política. Lo que sería muy interesante iría por tratar de entender porque esas cuatro millones de personas sienten que votar a una organización que piensa en quebrar por la mitad la sociedad española es buena idea. Y probablemente nos encontraríamos con los errores que estamos cometiendo desde todos los actores políticos.


Pareciera que tenemos un trauma que nos obvia de entender la situación del otro. Un trauma histórico. Un trauma que no nos permite ni siquiera entender que el otro también puede tener razón. Todos tenemos conocidos que ni se sentarían en la mesa de alguien que vota a otra organización de estas anti-algo. Esto aquí da votos, y no sé si es un problema eminentemente español, pero al menos sí que somos co-líderes en ello. En un reciente estudio publicado en el Esade Center for Economic Policy, el profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, Lluis Orriols, concluía que España es hoy el segundo país del mundo con mayor “polarización afectiva” de entre todas las democracias consolidadas.


La “polarización afectiva” mide la distancia entre la probabilidad de votar al partido que se vota y votar al resto de partidos. Según Orriols, una excesiva polarización afectiva facilita el mal gobierno, dado que reduce las posibilidades de que los votantes cambien de parecer si su organización de referencia no cumple las expectativas.


Viene una semana trepidante en España, que orientará muy mucho como será esa derecha que quiere transformar nuestra Nación lo más pronto posible. Ojalá estemos bien atentos y protejamos con nuestras actitudes, votos y actos diarios lo que hoy nos hace ser una sociedad cada día más libre y consciente de sus taras.

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