EL CHARCO HONDO

Obediencia indebida

Se ve que cuarenta años sin poder preguntarnos en público por qué o por qué no (instalados en la aceptación de las decisiones y de las cosas, en la resignación) terminaron calando hasta los huesos. Somos un país obediente. Fiestero, algo broncas y extremo, sí, también, pero en el fondo somos buenos obedientes; vecinos, hijos […]

Se ve que cuarenta años sin poder preguntarnos en público por qué o por qué no (instalados en la aceptación de las decisiones y de las cosas, en la resignación) terminaron calando hasta los huesos. Somos un país obediente. Fiestero, algo broncas y extremo, sí, también, pero en el fondo somos buenos obedientes; vecinos, hijos o nietos de una dictadura que sembró conformismo, capaces de adaptarnos y dejarlo estar, no sea que. Así se explica que las contradicciones, absurdos y sombras de las restricciones se digieran tan fácil, sin preguntarnos cómo es posible que un día la portavoz del Gobierno anuncie la obligatoriedad de la mascarilla en la playa, las piscinas o el campo, y apenas unas horas después desmonten lo informado. Decretar una cosa y la contraria invita a pensar que en algún momento, antes o luego, la política dejó de escuchar a los científicos. Cabría preguntarles qué fue de los expertos y qué papel están desempeñando en las actualizaciones de las restricciones. Algunos episodios de la Semana Santa animan a creer que estamos haciéndonos trampas al solitario, permitiendo que se den por buenas actuaciones sin pies ni cabeza, porque no los tiene que los aforos en algunas playas se mantuvieran por áreas específicas y horas, dando por hecho que el virus no trabaja después de las seis de la tarde o que solo contagia hasta el bar, junto a las duchas. Somos obedientes indebidos, testigos del absurdo pero conviviéndolo con patria resignación, con la indolencia que este país demostró cuando otros gobiernos, cansados de esperar por Bruselas, comenzaron con los controles en los aeropuertos u otras decisiones. Obediencia que nos volverá a meter en la sala de espera mientras algunos países -Austria o Dinamarca, entre otros- hartos de la parsimonia europea ya están negociando en China, Rusia o Israel para conseguir más vacunas al margen de la UE. Mientras otros se buscan la vida, en España volveremos a la obediencia indebida, a la resignación, a dejar que la UE nos mantenga a su ritmo. Más nos valdría espabilar, movernos, buscarnos la vida. Si en junio no nos hemos acercado a la inmunidad de grupo los turistas nos mirarán de reojo, y puede que pasen de largo camino de países que sí hayan logrado doblegar la curva de contagios. Los semáforos están al caer, y a este ritmo no seremos ni verde ni amarillo, estaremos en el pelotón de los obedientes indebidos, en el color de los países que dieron por inevitable la torpeza y lentitud de la Unión Europea; Canarias lo pagará si en junio el semáforo de los británicos y otros mercados nos mantienen en rojo.