tribuna

Provocaciones

Ahora resulta que los neandertales somos nosotros. Para eso no hacía falta ninguna investigación antropológica, ya quedaba claro observándonos a los que convivimos aquí. Llegados a este punto hay que revisar el concepto que teníamos de esa especie que suponíamos extinguida y, según parece, está inmersa en la condición de lo que orgullosamente llamamos sapiens. Lo que no comprendo es esa presunción comparativa con algo que se entendía fuera de toda posibilidad de permanencia. Si no había ningún vestigio de su existencia actual, nunca entendí la necesidad de insistir en evidenciar la supremacía de unos sobre otros. Debe tratarse de una de esas reivindicaciones a que obliga la igualdad. Vete a saber si esa dicotomía en el comportamiento actual de los distintos grupos sociales proviene del ancestro que ahora algunos científicos han sido capaces de descifrar. Pero líbrenos Dios de levantar sospechas que contribuyan a poner en pie las diferencias empeñadas en justificar las luchas permanentes que no nos podemos quitar de encima. He visto cómo unos lanzan sus ataques contra quienes les provocan a hacerlo, y no sé en qué bando se encuentran los neandertales y en cuál los cromañones que protagonizan estos desaguisados. En el caso, siempre improbable, de que el neandertal represente a una especie con menor desarrollo en organizaciones sociales ¿serían estos los provocados o los provocadores? Difícil me lo ponen porque la cualidad de ser víctimas de la provocación recae siempre sobre los mismos, y las desmesuradas reacciones ante estos desplantes retadores, también. No es nuevo esto de la provocación, quizá viene de la época del pleistoceno y no nos es posible evitar comportarnos de esa manera. De lo que sí estamos seguros, a la vista de la investigación que se publica en la revista Nature, es de que esa condición de provocadores o víctimas del vituperio la ostentamos los sapiens de forma indistinta. Vamos, que está incluida en nuestro código genético, como lo están tantas otras cosas: véase la tendencia a la libertad, la solidaridad, el civismo, y demás virtudes que acompañan al comportamiento de lo políticamente correcto, o incorrecto, que ya no sé. No es necesario pertenecer a un extremo para provocar. Ya se hacía desde el centro, pues Ciudadanos fue acusado de estas prácticas malvadas cuando iba a dar mítines a Navarra, provocando así a los de Bildu, que aseguraban encontrarse en su feudo. Lo mismo ocurre en Vallecas, el antiguo reino de Iglesias, antes de irse a vivir a Galapagar. Los guardias civiles de paisano agredidos en Alsasua entraron en un bar para provocar a los que estaban allí, y la presencia de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en Cataluña no hacía otra cosa que provocar a los CDR. Durante la visita del ministro Wert a La Laguna, también se argumentó una provocación, calculada por el Gobierno, que dio como resultado la imputación de un diputado de Podemos, acreditando así la presencia de los neandertales en el mundo de hoy. Ángel Gabilondo ha dicho que, de poder formar gobierno en Madrid, no lo hará con “este” Iglesias. ¿A quién se refiere? ¿Al que justifica agresiones y argumenta que un partido político, reconocido por la Constitución, no puede hacer campaña en un territorio que considera como propio, a pesar de haberlo abandonado? Sería bueno saberlo, porque estamos acostumbrados a ese donde digo digo, digo Diego. Hace años alguien proclamaba en España que el 15 M y el movimiento Indignados, inspirado por Stéphane Hessel, traía aire nuevo, que iba a oxigenar la política, y que era muy saludable que eso existiera. La izquierda se alegró de que un Pepito Grillo viniera a cantarle en la oreja de su conciencia en qué consistían las enmiendas que tendría que emprender para ser bienvenida y aceptada por el conjunto de los ciudadanos, hartos de escándalos y comportamientos inequívocamente desviados. Esa recepción jubilosa se vio convertida luego en una pesadilla, y hoy ha pasado a ser la respuesta violenta ante las provocaciones que solo se pueden justificar con el silencio. En el fondo, hemos convertido a la política en un juego de provocadores y provocados, de crispadores y de crispados, de agresores y de víctimas. El campo de batalla es un fango en el que se revuelven todos, con los argumentos del descrédito y la descalificación. Cuando algo se presenta difícil, aquí se dice que está más negro que una pelea de cochinos. Yo nunca lo he visto, pero imagino cómo se lanzan al ataque en el lodazal de sus goros infectos. El único consuelo es que de ahí luego salen jamones, morcillas y chorizos muy sabrosos. Lo malo es que antes hay que destrozarse a mordiscos, y de esto no se salva nadie. Solo pido un poquito de por favor. Si us plau.

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