tribuna

Totalismo democrático

Hay una forma de practicar la democracia que consiste en acostumbrar al pueblo a ser víctima del engaño permanente, a soportar la decepción sin que ocurra nada, a aguantar el sometimiento al abuso, y a admitir el déficit de sus libertades, como si estuviera bajo las riendas de un régimen totalitario. Se encuentra entonces colonizado por una red invisible en la que parece sentirse como un prisionero, sin tener la plena conciencia de que lo está realmente. Los ciudadanos, al ver que no pasa nada y que la colectividad de la que forman parte ha perdido su capacidad de reacción, convalecen en un estado de inacción que permite al gobernante prometer lo que sabe que no va a cumplir, desentenderse de los compromisos que adquirió en el examen al que sometió sus programas, y desdecirse continuamente de aquello que hizo crecer una falsa esperanza en sus administrados. Todo se basa en el canto imposible del Ne me quitte pas, de Jacques Brel. Te daré, te traeré, empezaremos a, haremos, conseguiremos, pero entre las manos no hay más que promesas que nunca podrán alcanzarse, como las perlas de lluvia del país donde no llueve jamás, o las lavas del viejo volcán que ya se apagó definitivamente. Siempre hay quien se emociona con esta canción, a pesar de saber que nada de lo que en ella se dice es creíble. Es porque va dirigida al profundo rincón de los sentimientos inermes que están dispuestos a admitir la poética como una solución momentánea a una crisis de ternuras conmovedoras. Hay una resistencia, casi erótica, en la aceptación de los quebrantos, y el que fabrica esas dependencias lo sabe, porque ha borrado la posibilidad de otras alternativas, quemando la tierra que hay a su alrededor. Por eso puede seguir presumiendo de la efectividad de su frase: “¿con quién vas a estar mejor que conmigo?” Los totalitarismos consisten en ese desprecio por los brotes de albedrío que se atrevan a zafarse de esas coyundas perversas. Lo malo es cuando los que están apresados en la trampa creen que siguen disponiendo de la capacidad de decidir, porque, de vez en cuando, son llamados a unas urnas para expresarse con lo que ellos confunden con la libertad. Cuando la relación entre el gobernante y sus gobernados se acerca a esto que estoy describiendo, se puede decir que se transforma en algo tóxico y vicioso, y la democracia debe ser todo menos eso. Se le puede atribuir a la totalidad de los agentes que están en liza en la acción política, pero a unos se les nota más que a otros. He tenido una larga conversación sobre esto con una persona a la que quiero mucho y respira más a la izquierda que yo, y hemos llegado a ponernos de acuerdo en los fundamentos de lo que acabo de afirmar. Esto quiere decir que el contenido de la observación es evidente para la gran mayoría. No tiene nada que ver con la pandemia, ni con la angustia de aguardar una vacuna que nunca llega, ni con la asfixia provocada por las crecientes dificultades económicas, es algo más. Alguien, viendo que todos estamos con mascarilla y con la aprensión a flor de piel, ha aprovechado para quitarse el antifaz, porque ya no le importa que descubramos cómo es, ni cuáles son sus intenciones. Cuando se pierde el pudor de esta manera estamos metidos de lleno en un totalitarismo camuflado de democracia. Esa es la situación.

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