crisis migratoria

Un niño con parálisis cerebral alcanzó Canarias en patera y ahora vive en una antigua prisión

Omar y su madre llegaron hace cinco meses a Lanzarote y ahora conviven con decenas de personas en un centro de Cruz Roja en Santa Cruz: “Para no empeorar necesita estabilidad, y aquí no la tiene”
Omar y su madre Mbarka están acogidos en el centro de Los Gladiolos. DA

La noche del 24 de noviembre, decenas de vecinos del pueblo pesquero de Órzola, en Lanzarote, se lanzaron al mar para rescatar a los supervivientes de una patera que volcó en la costa. La tragedia, que dejó ocho muertos, hizo que pasara desapercibida otra embarcación que llegó a la Isla ese mismo día desde Sidi Ifni con 19 personas a bordo. En ella viajaba Omar, un niño marroquí de 13 años con parálisis cerebral, en compañía de su madre, Mbarka. Fueron rescatados por Salvamento Marítimo tras 24 horas de travesía y desembarcaron en el puerto de Arrecife, donde el menor sufrió una crisis de ansiedad. Tras una noche en el hospital, pasaron cuatro meses en un complejo turístico habilitado como espacio de acogida. Desde hace un mes conviven con decenas de personas más en una antigua prisión de Santa Cruz de Tenerife. Mbarka conserva decenas de documentos que hablan sobre la enfermedad de su hijo, pero no se derrumba hasta que localiza el permiso para viajar desde Lanzarote a Tenerife: “Omar necesita estabilidad, y aquí no la tiene”.

Omar no puede andar si no es con la ayuda de su madre. Desde que llegó a Canarias ha tenido que recibir atención sanitaria hasta en siete ocasiones por sufrir ataques de epilepsia. Los informes médicos a los que ha tenido acceso Ahora.plus explican que el niño marroquí nació con parálisis cerebral y ha desarrollado además un síndrome convulsivo. “No sigue la mirada. Salivación marcada. Marcha con leve flexión de rodillas y, en algunas ocasiones, leve tendencia a marcha de puntillas”, describe uno de estos informes clínicos.

Su madre, que ha recorrido numerosas regiones de Marruecos para tratar a su hijo, dice que no sabe el nombre científico de la enfermedad, pero conoce a la perfección lo que necesita Omar para no empeorar. Además de su medicación, el menor requiere estabilidad emocional, algo que en el centro para migrantes en el que se encuentra “no tiene”. “Esto es como si fuera una cárcel”, asegura.

Ellos están siendo acogidos en el recurso de Los Gladiolos, en Tenerife, un espacio reservado para las personas más vulnerables, gestionado por Cruz Roja y con capacidad para 160 migrantes. Hasta el momento, no está al máximo de su capacidad y conviven varias familias de diferentes nacionalidades (Costa de Marfil, Marruecos o Senegal) y mujeres embarazadas.

“Convivimos con otros niños que no están enfermos y que tienen otra rutina para acostarse y levantarse. Omar necesita dormirse temprano para poder descansar”. Tampoco hay en la habitación una televisión, por lo que desde hace un mes Mbarka necesita que su familia le recargue con frecuencia el saldo del teléfono para que el niño vea al menos durante unos minutos dibujos animados.

En la antigua prisión hay un pequeño patio interior por el que madre e hijo suelen pasear. En otras ocasiones, caminan por los parques cercanos. “Yo no vine aquí para estar encerrada en una habitación, sino para trabajar y ayudar a mi hijo y a mi madre a salir de la miseria”. En Marruecos, cada visita al médico suponía un gasto de entre 5.000 y 7.000 dirhams, una cantidad muy alta para el nivel socioeconómico de su familia. “¿De dónde voy a sacar yo ese dinero?”, se pregunta Mbarka, que cuenta que recibía ayuda de su madre y sus hermanos. Del padre de Omar prefiere no hablar.

La marroquí asegura que pese a que las condiciones en las que ella y su hijo se encuentran desde hace un mes no son buenas, Cruz Roja les proporciona toda la medicación que necesitan. En cuanto a la ropa, Mbarka, que pasea por la capital con un pijama, explica que lo único que tienen es lo que la ONG les ofreció en Lanzarote. La madre de Omar asevera que su hijo “ha empeorado mucho” en Tenerife. Al día siguiente de su llegada, el niño no quería comer nada del centro y fueron a un supermercado de la zona. Allí, sufrió un ataque de epilepsia. “Los trabajadores llamaron a la ambulancia, nos llevaron a un centro médico y luego vino una trabajadora de Cruz Roja”.

Comida insuficiente
Ella y otros migrantes alojados en este recurso de acogida critican que la comida es insuficiente y “no es buena”. Los usuarios del recurso no pueden entrar prendas ni comida del exterior. En junio de 2020, tres mujeres, una de ellas embarazada, fueron expulsadas del recurso por introducir comida en las habitaciones y por “generar problemas de convivencia”.
En estos cinco meses que la familia lleva en el Archipiélago, Omar ha recibido asistencia médica en dos ocasiones en Tenerife y cinco veces en Lanzarote. Fuentes sanitarias consultadas explican que pacientes con este perfil deben ser evaluados y derivados a especialistas con rapidez. “Los niños como él deben estar casados con la fisioterapia. La necesitan toda la vida. Al inicio, para intentar mejorar su desarrollo psicomotor, que va desde mantener la cabeza a sentarse, darse la vuelta en la cama, levantarse o caminar”. Además, estas mismas fuentes destacan que, de acuerdo con la Estrategia Nacional de Vacunación, al ser paciente de riesgo con un alto grado de dependencia, ya debería haber recibido la vacuna contra la COVID-19.

La terapeuta ocupacional Ianire Vidorreta Camacho apunta que para el menor, que no solo presenta dificultades físicas sino también cognitivas, no entender la situación puede aumentar su nerviosismo. “Por un lado, haría falta que le explicaran dónde está, por qué está ahí y cuánto tiempo va a permanecer en el lugar. Por otro, que tenga herramientas para que él comunique cómo se siente”, apunta la especialista. Asimismo, sostiene que los ataques de epilepsia comprenden un componente emocional muy fuerte, que está relacionado con la sensación de estar en un sitio inseguro, con ruido, donde entra y sale gente y donde no puede conciliar bien el sueño. “Lo principal es una estabilidad, con control médico y donde el personal que le rodee esté preparado para este tipo de situaciones”, concluye la responsable del centro Tacto Terapia Ocupacional Infantil, en Lanzarote.

Mbarka afirma que en los cinco meses que lleva en Canarias no ha hablado nunca con un abogado. Tampoco tiene una orden de devolución otorgada en las primeras 72 horas desde su llegada. La crisis de ansiedad que sufrió Omar la noche del rescate hizo que desde el puerto fueran al hospital y del hospital al hotel. Fuentes jurídicas especializadas en extranjería han elevado al Defensor del Pueblo una queja sobre la situación de esta familia y otras que conviven en el mismo establecimiento, tanto “por recibir una asistencia sanitaria mínima como por no haber recibido atención letrada en el recurso”. Mbarka insiste en que aún tiene fuerza suficiente para luchar por ella y por su hijo, pero necesita soluciones. Su estado de ánimo depende de cómo esté su hijo. “Él ahora no está bien, entonces yo tampoco”. Cada día pregunta cuándo van a poder salir de allí. La respuesta es siempre la misma: “Espera, espera”.

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