el charco hondo

Aperturismo

En el transcurso de las campañas electorales se prefabrican situaciones que, concebidas con guión, luz, cámara y acción, los escenógrafos disfrazan de espontaneidad e improvisación. Apariencia, percepción y realidad rara vez se dan la mano, nada es lo que aparenta ser porque hasta el más mínimo detalle llega a las retinas enlatado, preestablecido. Sin embargo, hay excepciones. No suele pasar, pero ocurre. A veces lo inesperado se hace un hueco, dando pistas sobre lo que verdaderamente está moviéndose sobre el terreno. El 16 de abril -hace ahora tres semanas- Isabel Díaz Ayuso fue recibida en Mercamadrid con aplausos y gritos de ánimo. Queremos trabajar, le decían los currantes que paraban por allí, gente que cargaba o descargaba, chalecos amarillos, trabajadores con sueldos famélicos que conviven hace meses con la sombra del limbo laboral, de la calle y el paro. Aplaudían a Ayuso entregados, rendidos a ella. Fue la señal, el termómetro que anunció lo que vino después -me quedé con aquellas imágenes, eran premonitorias-. Murieron de distracción, y ceguera, quienes ese día no entendieron que Ayuso había roto los techos de la derecha. Aquella mañana, en Mercamadrid, quedó claro que esas elecciones no iban de democracia, iban de empleo; tampoco de fascismo, sino de fatiga acumulada, de vértigo, de cantarle a la vida, a la normalización, al bar abierto para que no echen al sobrino o hijo camarero, a las emociones que la pandemia ha llenado de cicatrices. La democracia no ha estado en el aire, son los empleos los que cuelgan de un hilo. El apoyo a la candidata del PP en algunos de los distritos económicamente más frágiles -barrios donde familias que no llegan a fin de mes han sido golpeadas con dureza por la pandemia- desnuda a los estrategas que se dejaron acunar por la farsa de Iglesias. No iba de fascismo, sino de aperturismo. Mientras la izquierda contó a los madrileños lo que podían perder, Ayuso les dijo lo que iban a ganar. Iba de abanderar la apertura de bares, comercios, cafeterías, restaurantes o teatros, de encarnar el regreso a la normalidad, a la vida, a la actividad, a la resurrección. Ayuso se ha abierto un hueco entre negacionistas y fundamentalistas epidemiológicos, ha inaugurado un relato al que votantes de diferentes perfiles se suben con facilidad, estrena un discurso que sintoniza bien con el cansancio, la impaciencia y la rebeldía que empapa el ánimo de cada vez más gente. Ayuso ha conectado con las ganas de volver a la calle, con un aperturismo más anímico que político con el que empatiza un ejército de impacientes. Madrid no es España, pero el aperturismo —un discurso transversal y desideologizado, como el cansancio— puede calar con facilidad en cualquier parte.

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