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Aquel día en que sobrevolé la Isla

Salimos del aeropuerto de La Orotava con Juanma, un compañero de la radio, pilotando el helicóptero. Íbamos cuatro o cinco a bordo. Vimos Tenerife desde el aire, sobrevolamos el Valle, la Tierra del Trigo, la costa de Teno, nos dirigimos a Santa Cruz; veía desde el aire el barrio del Toscal y al regreso, que lo hicimos bordeando toda la costa Norte, desde Santa Cruz a Garachico, empezó a fallar el motor de la aeronave. Juanma se desentendió de los mandos y me tocó a mí empuñarlos, sin tener puta idea de cómo se pilota un helicóptero. Vi el Roque de Garachico y enfilé hacia él, aunque el viento me arrimaba al Teide y me costó un montón variar el rumbo, replegar las aspas en marcha -algo técnicamente imposible- y tomar tierra en un putrefacto callejón de la Villa y Puerto, que los del lugar utilizaban para cagar y mear en carnavales. No aterricé en la cercana explanada adoquinada, en la que un grupo de chicos y chicas, todos vestidos de blanco, hacían gimnasia, dirigidos por un monitor. Fue el monitor el primero que llegó hasta nosotros y nos dijo, dirigiéndose a mí: “Pero, hombre, ¿cómo aterriza en ese callejón estrecho y lleno de cagadas, en vez de en donde hacíamos gimnasia? A ver quién saca ahora el helicóptero de ahí”. Yo le respondí que se trataba de una emergencia. El vuelo fue un desastre, pero yo recuerdo que me desperté del sueño lleno de paz, con la satisfacción de haber cumplido con mi deber. La última vez que me subí a un helicóptero, de Tenerife a La Gomera, lo hice con un piloto excepcional, que luego se mató, creo que en Cataluña, al chocar su helicóptero con un cable eléctrico que él mismo había tendido días antes. Lo otro fue un sueño, pero lo viví como lo estoy contando.

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