el charco hondo

El beso

Se ha estrenado recientemente, en Disneyland, una atracción -Snow White´s Scary Adventures- que lógicamente acaba con la escena del príncipe besando a Blancanieves. Al parecer, algunos usuarios se han sentido incómodos con dicho final, desatando con sus quejas una controversia que vitamina el penúltimo episodio del revisionismo que pretenden. La protesta, a la que se […]

Se ha estrenado recientemente, en Disneyland, una atracción -Snow White´s Scary Adventures- que lógicamente acaba con la escena del príncipe besando a Blancanieves. Al parecer, algunos usuarios se han sentido incómodos con dicho final, desatando con sus quejas una controversia que vitamina el penúltimo episodio del revisionismo que pretenden. La protesta, a la que se han sumado algunos portales, apunta al rechazo que -a juicio de los negacionistas de las costumbres y normas sociales que nos han traído hasta aquí- merece un beso no consensuado. La voces que aspiran a censurar o adaptar cualquier eco que se conjugue en pasado abanderan un modernismo mal fundamentado, proponen que la historia comience cada vez que bajamos de la cama, ni un minuto antes. Para ellos, cualquier señal, gesto o narrativa que no encaje en los registros o el buenismo del presente -códigos cambiantes, ahora y siempre- merece sepultarse por ser política o socialmente reprobable e inadecuada. Quienes se empeñan en borrar el camino que nos ha traído hasta aquí olvidan (y esconden) que la historia tampoco comienza con ellos, o que difícilmente podremos saber qué queremos ser sin conocer qué fuimos. Si se les deja correr, habría que arrojar a la hoguera cualquier documento o tradición de los cuentos infantiles, narraciones que recogen leyendas populares tan crueles, machistas o racistas como el siglo que le cuentan a los que llegamos después. Relatos de terror, violencia, inadaptación y muerte han alimentado historias que deben llegar al presente -a éste o a los que vengan- sin mutilar o edulcorar, mostrándonos lo que éramos para entender qué somos. Compiladores como los hermanos Grimm bebieron de fuentes que retratan aquella realidad, en ningún caso ésta o la que asome después. El adanismo, la pretensión de empezar de cero o reescribir el recorrido prostituyéndolo, se aleja de la modernidad para embarrancar en una posición sectaria e infantil. La historia no es un sofá, no debemos aspirar a estar cómodos en ella. El compromiso debe ser cambiarla, ni esconderla ni manipularla. Los cambios culturales necesitan el pasado como referencia y materia prima. La exaltación del revisionismo acerca a un negacionismo que no tiene buenos precedentes. Y, ya puestos, cabría decir a quienes molesta el final del cuento lo que ha apuntado Carola Martínez. Nadie le roba un beso a Blancanieves, básicamente porque Blancanieves no existe -ha sentenciado la experta en literatura infantil-. Una polémica, la del consentimiento, perfectamente asimilable a los tics -bañados en exageración- de los que se dicen modernos sin serlo.