ahora África

El hundimiento de la RASD

Por Juan Carlos Acosta

La hospitalización de Brahim Ghali, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y jefe del Frente Polisario, la semana pasada en Logroño ha supuesto un punto más de tensión entre España y Marruecos. El hecho se suma a la regresión de las relaciones bilaterales estos últimos años, que se han visto agravadas con el Gobierno socialista de Pedro Sánchez, posiblemente forzado por las tesis independentistas respecto a los denominados territorios ocupados de su socio de coalición, Unidas Podemos. A ello hay que añadir la forma en que se ha producido la entrada del líder saharaui a nuestro país, a escondidas, con pasaporte falso y a través de la negociación de Argelia, el anacrónico enemigo de Marruecos que ha estado detrás del conflicto desde el principio, cuando en 1975 el Ejército español abandonó la excolonia, junto al fallecido coronel libio Gadafi y el apoyo nada solapado de la Unión Soviética. Después de 46 años desde que la Marcha Verde ocupara la región que llama Rabat sus provincias del sur, el contencioso ha atravesado un largo desierto para llegar a ninguna parte o, en cualquier caso, para fortalecer la postura silenciosa de Marruecos, que nunca desplegó ningún tipo de propaganda, todo lo contrario que el Polisario, que ha llenado de consignas su camino hacia la cada vez más lejana independencia. Hay varios factores que dejan el tablero en una franca posición para el jaque mate a esa aspiración, los recientes acontecimientos de Guerguerat, con un Polisario enrabietado que bloquea la frontera con Mauritania y es desalojado por las fuerzas armadas marroquíes con el apoyo, al menos por abstención, de la comunidad internacional; el reconocimiento del anterior presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a la integridad territorial del país vecino y la asunción de esa decisión por su sucesor, Joe Biden; un Reino Unido postbrexit que negocia importantes contratos comerciales para el Sahara Occidental con el reino de Mohamed VI; la cada vez más creciente disidencia al régimen de la RASD en los propios campos argelinos de Tinduf, y este último episodio de un líder acosado y acusado de genocidio, violaciones de los derechos humanos y abusos de poder en su propia comunidad. De hecho, Alemania se negó a admitirlo y Francia miró hacia otro lado, tales son a estas alturas las evidencias de la deriva de la denominada causa saharaui como pueblo exiliado y sometido a una élite militar que se ha aprovechado de las ayudas internacionales, aún a costa del sufrimiento de los refugiados en el desierto de Argelia. En Canarias, mayoritariamente propolisaria, es delicado hablar abiertamente de una tesis distinta a la de la RASD, pero es muy orientativo que el Protectorado formado por Francia y España, con el beneplácito de Europa, asumiera que el Sahara Occidental estaba dentro de las fronteras de Marruecos, cuyo antiguo sultanato llegaba hasta Senegal y Malí, cuando en las adhesiones del mundo árabe primaba la autoridad islámica. Lo cierto es que a nadie interesa que el largo conflicto se extienda más en el tiempo por motivos obvios. El papel de Marruecos está claro en cuanto a su lucha contra el yihadismo radical del Sahel, sus alianzas con Occidente para salvaguardar la paz, su creciente presencia económica y geoestratégica en el Mediterráneo o su capacidad de frenar la migración subsahariana hacia el norte. Todo lo contrario a lo que ofrece Argelia y sus aliados de los campos de refugiados saharianos, víctimas y verdugos de un escenario que se hunde en las arenas infinitas del silencio y en el trasiego de las guerrillas del pasado.

TE RECOMENDAMOS