el charco hondo

La herencia

La socorrida apelación a la herencia recibida -comodín utilizado por los gobiernos, recurso discursivo del que tirar cuando se agotan las excusas- tiene un episodio inédito en la crisis diplomática que sacude al país. A la herencia recibida siempre se ha recurrido para endilgar a los gestores anteriores la culpa de los males ajenos y propios, huida hacia detrás con la que poner en valor las recetas propias, sacudirse la responsabilidad de lo que está fallando y, como tercera opción, dramatizar o afear los datos que ha dejado sobre la mesa el gobierno anterior con la perversa intención de que lo poco que se haga luzca adecuadamente y quede resultón en la foto de las comparaciones. La herencia recibida siempre se ha movido en estos registros, a los que a partir de ahora habrá que añadir una modalidad diferente: la herencia que recibe un gobierno no ya del anterior sino del propio gobierno que la recibe. La vergonzante e inhumana decisión con la que Marruecos ha castigado a España por haber acogido a escondidas a Brahim Ghali (los actos tienen consecuencias y se tienen que asumir, ha sentenciado la embajadora) debe leerse en el marco del pésimo momento que hace meses atraviesan las relaciones entre ambos países. Esto último de Marruecos -siempre dado a romper la baraja cuando negocia, presiona o considera que se le ha faltado al respeto públicamente- viene de atrás, del mal ambiente que alimentaron algunas declaraciones del ex vicepresidente, Pablo Iglesias. Ceuta es la siempre penúltima parada de las réplicas del vecino. El Sáhara, los yacimientos minerales, la mediana, las oleadas de pateras y la permisividad intermitente en la gestión de las fronteras forman parte de un rompecabezas que el sinsentido de Estado de Iglesias recalentó y dejó en herencia al Gobierno, que fue el suyo y ya no. Utilizar la desesperación de adultos y niños como munición revuelve el estómago, repugna. Una crisis de esta envergadura exige alinearse sí o sí con el Gobierno de nuestro país. Sin embargo, la torpeza de la diplomacia española o el sinsentido de Estado del ex vicepresidente (especialista en disparar con pólvora ajena, importándole poco las consecuencias) no deben ser silenciados. Marruecos es la frontera que precede a la frontera -el paso necesario y a veces insalvable para millones de africanos que huyen hacia el norte-. España necesita coser lo descosido, reconducir la relación y apaciguar los ánimos antes de que el vecino -con Canarias temiéndose la siguiente réplica- empeore más las cosas.

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