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Las memorias

Todo el mundo me pide que escriba mis memorias. En vano he dicho siempre que eso lo he hecho en mis artículos. Pero existen no pocas reticencias en consultar las hemerotecas, que ahora son de fácil acceso a través de la internet. La gente quiere un libro. Un libro que se titule Memorias de Andrés Chaves, o alguna zarandaja por el estilo. Es cierto que tengo algo que contar pero la mayoría de las cosas interesantes que no he escrito en los 15.000 artículos no puedo revelarlas. Y menos ante una sociedad pacata y despiadada como es ésta, que primero te pide una cosa y, cuando se la das, va y te pone verde. Hay un sistema de memorias baboso que consiste en revelar sólo lo bueno, pero no. Con las memorias uno tiene que ser cruel y despiadado y desnudar épocas y personajes; y yo no me siento capaz porque el aislamiento de la pandemia ha mermado mucho mi voluntad y mi aparente valentía, que no es tal, porque no soy nada valiente, sino que esa presunta osadía se confunde con una afición irrefrenable a contar historias. Así que me da que ustedes se van a quedar sin memorias, aunque cada vez que transito por los lugares donde guardo las fotografías del pasado me dan ganas de emprender el proyecto. Venzo por el momento esa tentación y sigo refugiado en el tedio y la vagancia, instalado como estoy en una monacal ausencia de aplausos. No quiero aplausos, ni tampoco críticas malintencionadas, no quiero nada sino que me dejen tranquilo. No hay nada como un día en el que no ocurra nada. Ahora llega el verano y se multiplica el nada que hacer, porque la estación siempre ha sido más propensa a la siesta que a la actividad, así que pasará otro año sin que emprenda el proyecto de las memorias, que es más de ustedes que mío.

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