El charco hondo

Los lanzadores

En las misiones espaciales y electorales confluyen variables de diferente tipo, dándose la circunstancia de que los lanzadores juegan un papel esencial en ambos casos. La propulsión cohete es imprescindible, fundamental. Para poner en órbita un vehículo o a una candidata hay que ascender a través de la atmósfera y vencer la gravedad terrestre para, […]

En las misiones espaciales y electorales confluyen variables de diferente tipo, dándose la circunstancia de que los lanzadores juegan un papel esencial en ambos casos. La propulsión cohete es imprescindible, fundamental. Para poner en órbita un vehículo o a una candidata hay que ascender a través de la atmósfera y vencer la gravedad terrestre para, una vez logrado ese objetivo, alcanzar Isabel Díaz Ayuso una velocidad horizontal que le ha permitido flotar durante la campaña electoral madrileña. No lo ha logrado sola, la maniobra de despegue ha sido coral. Ayuso ha alcanzado una fuerza de empuje superior al resto porque ha contado lejos del PP con colaboradores necesarios, cohetes prestados por adversarios que han convertido a la candidata en una estrella transversal, cool, pop, madrina del nacionalismo de tapas, ex parejas, toros y cañas, referente de banqueros y camareros, ejecutivos y repartidores. A ojos de muchos madrileños que pelean para llegar a fin de mes, trabajadores que viven a años luz de los financieros que patrocinan a la candidata del PP, Ayuso es una pija, pero es su pija. Ayuso ha goleado en campaña, y ganará las elecciones madrileñas, porque sus lanzadores han obrado el milagro de multiplicarla. Sus asesores han estado finos, pero no habría logrado llegar tan alto sin los errores que ha cometido la izquierda. Se equivocaron los gurús de Sánchez, al ir a por ella le regalaron la condición de díscola, madrileña en rebeldía, madre de dragones, bares y fatigados. Ayuso creció durante el confinamiento y la desescalada al calor de las torpezas de terceros y, ya en campaña, la izquierda le hizo el resto del trabajo. Amortizado, engreído y cansino, Pablo Iglesias arrastró al fango del guerracivilismo a un candidato decente y respetable como Gabilondo; y, no bastándole con esa proeza, ha entorpecido el discurso de una izquierda a la que ha dado voz Mónica García, una candidata infinitamente más creíble que Iglesias, que sí quería hablar de gestión y modelo de sociedad, del siglo XXI, del futuro. Ayuso ha crecido durante la campaña porque ha tenido en Iglesias al lanzador que necesitaba para vencer la gravedad terrestre y flotar sobre sus adversarios. El problema de la izquierda madrileña es Iglesias. Ha sido él quien ha multiplicado la movilización de la derecha y de la derecha extrema. Ha sido Iglesias el responsable de que la campaña haya acampado en un terreno cómodo para la derecha e incómodo para quienes en la izquierda sí querían explicar que otro Madrid es posible.