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Memorias

Antes de entrar en materia, pido perdón a los lectores. El viernes dije que a mi amigo Lope Afonso, un hombre honesto, lo había absuelto de un delito de prevaricación la Sala Civil de la Audiencia. Evidentemente, fue la Sala Penal. Disculpas otra vez. Ya sé que no tiene importancia, pero a lo civil lo que es de lo civil y a lo penal lo que le corresponda. En todo caso, enhorabuena y otro abrazo, Lope. Pasando revista a mi trabajo a lo largo de 51 años de profesión, más otros como aficionado, he publicado más de 20.000 artículos en los periódicos y creo que 27 libros entre novelas, ensayos, memorias, etcétera. Muchos prólogos y una completa colección de necrologías u obituarios, no sé si tantos como César González-Ruano, que dedicó a ellos un grueso tomo, pero casi. Con tal volumen productivo es lógico que me equivoque alguna vez, aunque reconozco que no han sido muchas las pifias a lo largo de estos años, desde que Mario Zurita, amigo de mi padre, tuvo la feliz ocurrencia de meterme a trabajar como meritorio en La Tarde, allá por 1970. La Tarde fue para mí la mejor escuela. ¿O no lo creen ustedes, con don Víctor Zurita al frente del periódico y más tarde Alfonso García-Ramos? Ya saben que en este año y pico de restricción vital por la pandemia no he sucumbido a la tentación de unas memorias más completas, aunque he escrito, años ha, varios libros de la colección Memorias tempranas en las que hablo algo de mi vida. Entrevistando el otro día al industrial de la moda José Acosta, cuyo resultado se publicó ayer, me insistió mucho en la escritura de unas memorias de verdad. Creo que no, que a pesar de todas las tentaciones no las voy a publicar. Yo creo que ya están en las hemerotecas, así que sigo resistiendo los embates en sentido contrario de un millón de amigos.

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