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Resiliencia y hoja de cagarruta

Nuestro idioma está siendo sometido. Ya no sólo por las continuas contradicciones, incluso académicas, como la cocreta y la croqueta

Nuestro idioma está siendo sometido. Ya no sólo por las continuas contradicciones, incluso académicas, como la cocreta y la croqueta, sino por la puta manía de los políticos de adoptar voces y expresiones idiotas. Y reiterativas. Por ejemplo, me parece impresentable lo de la hoja de ruta, que un amigo mío ha transformado en hoja de cagarruta. Vaya estupidez que a un proyecto concreto, o al recorrido político de un asunto, se le ponga la diadema chimba de la hoja de ruta, expresión ferozmente mareante. Pues ahora llega otra palabra, resiliencia, que es, según el diccionario, la capacidad de una persona para superar circunstancias traumáticas, como la muerte de un ser querido o un accidente. La aplican a cualquier parida que se les ocurra, sobre todo la izquierdona, tan aficionada a complicarlo todo, incluso el idioma. Entre la hoja de cagarruta, la resiliencia y la vacuna me he quedado medio baldado y tengo la sensación de haber vivido hasta ahora sin sentido. Lo uno a que un desconocido, llamado Bernardo Chevilly, o algo así, se permite amonestar a una artista por aceptar una interviú conmigo en este periódico, porque soy un repelente y un patán (sic). Al tal Chevilly le digo que se vaya a reventar los granos a Tombuctú, pues ni me conoce, ni le conozco, ni ganas. Estoy harto de machangos, pero, claro, tras 51 años y pico de profesión tengo que lidiar con la idiotez insular, que es amplia, profunda y está extendida desde que salió de las catacumbas. No seas bernardo, Bernardo, que no tienes puta idea de quién soy. Hace tiempo que no le contesto a nadie, porque como no estoy en las redes tampoco me entero, pero es que esta vez me lo han chivateado. Bueno, hoy es domingo, así que volveré al tajo después de misa. He vuelto al redil del Señor. Ay.

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