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Vago

He trabajado tanto en mi vida que me he vuelto un vago, ya al final de ella. ¿Me creerán si les digo que cuando me ocupaba de los deportes en La Tarde me quedaba a dormir en un sillón de la redacción, los domingos por la noche, para no tener que soportar la vieja carretera […]

He trabajado tanto en mi vida que me he vuelto un vago, ya al final de ella. ¿Me creerán si les digo que cuando me ocupaba de los deportes en La Tarde me quedaba a dormir en un sillón de la redacción, los domingos por la noche, para no tener que soportar la vieja carretera del Puerto de la Cruz a Santa Cruz, por la mañana? Había días, en la primera época de este periódico, que trabajaba 24 horas seguidas. Cuando se producía alguna avería o algún hecho fortuito grave, como el accidente de un repartidor, me llamaban a casa, me despertaban para que fuera al periódico. Lo mismo ocurría cuando nos desahuciaban del edificio que ocupábamos o cuando había que ir a ver una fábrica de tabacos para comprarla y montar allí el diario. He estado muchas veces en el ojo del huracán, he perdido mucho sueño, he permanecido media vida preocupado y todavía sueño que no me han pagado los atrasos y veo al viejo Óscar Hernández sentado en su despacho, rodeado de papeles, y asediado por nosotros, los acreedores, sin tener con qué pagarnos. Los periódicos de aquella época transitaban por un alambre. Menos mal que hemos superado esos momentos de zozobra y que ahora las cosas se hacen más con la cabeza que con el corazón. Pero les decía que me he vuelto un vago, aficionado a la siesta y tomando dosis de Buscapina para que no me duela nada. Cuando va a cambiar el tiempo los dolores me matan, por culpa de la puta pandemia, que me ha anquilosado la musculatura. Ya ni siquiera se va la luz y, cuando se va, no me llaman de ninguna parte, sino que me dejan dormir a pierna suelta, porque seguramente me he ganado el derecho a ello. Qué dura es la vida de un periodista con responsabilidades. Los otros, no, los otros siempre han sido unos vagos inmisericordes.