En la frontera

Democracia y globalización

La relación entre democracia y globalización, hoy puesta a prueba por la pandemia, constituye, quien podrá dudarlo, una de las grandes cuestiones de este inquietante y desafiante momento en que vivimos. En efecto, la democracia debe instalarse también en las estructuras globales o universales, para lo que es menester pensar y diseñar un nuevo sistema […]

La relación entre democracia y globalización, hoy puesta a prueba por la pandemia, constituye, quien podrá dudarlo, una de las grandes cuestiones de este inquietante y desafiante momento en que vivimos. En efecto, la democracia debe instalarse también en las estructuras globales o universales, para lo que es menester pensar y diseñar un nuevo sistema político en el que, efectivamente, la ciudadanía a nivel global tenga el poder que le corresponde en una democracia. Estos días contemplamos como el autoritarismo campa a sus anchas, incluso en países de tradición democrática, sin que unas instituciones globales sólidas y comprometidas con el Estado de Derecho puedan impedir las lesiones cotidianas a las libertades y a la práctica de la corrupción en un marco de ineptitud y mala administración. Pues bien, no hace mucho Ulrich Beck comentaba que es necesario reinventar la democracia a nivel transnacional, pues muchas decisiones no se toman ya a nivel local, lo que significa que la mayor parte de las medidas que se adoptan presentan peligrosas formas de dominación tecnoestructural. A juicio de este eminente sociólogo, hoy de actualidad, tenemos que pensar qué tipos de elementos de la democracia tradicional se pueden utilizar para que aquellos que toman las decisiones a nivel global sean responsables, sepan que hay controles independientes y eficaces, y que deben dar cuentas a la ciudadanía de sus actos u omisiones. Si hoy no se responde en tantas instancias supranacionales sencillamente es porque no hay ante quien responder. Si hoy ciertas decisiones no son controlables, el peligro de la corrupción es evidente. Sin responsabilidad, sin control y sin presencia ciudadana, el sistema democrático es una quimera. Hoy, las palabras irecurribilidad, iresponsabilidad, iresistibilidad o inimpugnabilidad en relación con ciertas decisiones globales producen una lógica inquietud en quienes confían en un sistema basado en el principio de juridicidad, en la separación de poderes y en el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona como principal manifestación de la dignidad del ser humano. En efecto, si no hay separación entre los poderes a nivel global, porque existe un obvio predominio del poder financiero, fallan las bases del Estado de Derecho. Si esas decisiones, además, no se confeccionan en el marco de la participación del pueblo, entonces adolecen de una ausencia preocupante de legitimidad y de un preocupante tufo autoritario. Las fuentes de estas nuevas reglas, como acabamos de señalar, se reducen a la racionalidad técnica y al “expertise”, despreciando, más o menos sutilmente, el principio de juridicidad. Si a eso añadimos que tampoco existe un poder judicial a nivel global, entonces tenemos que empezar a preocuparnos y diseñar un modelo democrático a nivel global, empezando por los espacios supranacionales, buscando que economía y derecho caminen en la misma dirección. Democratizar la democracia y desmercantilizar el mercado: dos desafíos fundamentales del momento que Beck supo atisbar tiempo atrás y que, sin embargo, por no plantearse desde el humanismo crítico, abren de nuevo las puertas a nuevos populismos y nuevas demagogias. Globalización sí, pero democrática. Es una moraleja de lo que está pasando. No vaya a ser que tanta apelación a la globalización acabe facilitando la concentración del poder y la llegada de un sistema autoritario, como en algunos países, aprovechando la pandemia, está llegando.