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La caída del periodismo

El periodismo ha sido siempre utilizado por el poder como arma arrojadiza contra el rival político. Hay una frase de un empresario isleño, que por cierto pasó por la prisión, que define un poco a esta profesión. Dijo: “¿Para qué quiero yo contratar a periodistas si los puedo comprar cuando me hacen falta?”. Esto define el valor que la gente pudiente le da a la profesión. Y lo que establece la diferencia con otras es el verbo: a un abogado se le contrata, a un periodista se le compra. No siempre es así, porque las excepciones existen, pero el poder político, entre otros, sabe cómo hacerlo, utilizando además medios y recursos del Estado. Desde dirigir un centro de estudios a conducir un programa en cualquier cadena de televisión pública, se acaba tejiendo una red que sustenta a ese poder, a fuerza de comprar periodistas que jamás han disparado palo al agua, que no han arriesgado su dinero en el ejercicio privado de la profesión y que, si lo han hecho, es para recibir más denarios de la cosa pública. Nunca había caído tan bajo el periodismo, ni había estado gestionado por tal sarta de analfabetos como ahora. Cualquiera te monta un digital, cualquiera saca a la calle un panfleto, cualquiera esgrime un carné de periodista, cualquiera emite una sesuda opinión nacional e internacional. A esto se le llama ahora libertad de prensa, pero no lo es. Se trata de una gran mentira, urdida al servicio de los que pagan más. Pueden ustedes decir que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Lo admito. Pero ha aumentado hasta el descaro y, por supuesto, la ignorancia de los protagonistas. Yo me he arrepentido mil veces de haber elegido esta profesión, que ya no sirve para nada. Se lo he comentado a varios amigos y se espantan. Más me espanto yo por haberla ejercido.

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