En la frontera

La conquista de la libertad

De nuevo, la lucha por la libertad, la conquista de las libertades, como en el pasado, vuelve al primer plano de la vida social y política. Efectivamente, la constante intromisión del poder público en los hogares de los ciudadanos, en la conciencia moral de los estudiantes, en las convicciones y creencias del pueblo, reclama que […]

De nuevo, la lucha por la libertad, la conquista de las libertades, como en el pasado, vuelve al primer plano de la vida social y política. Efectivamente, la constante intromisión del poder público en los hogares de los ciudadanos, en la conciencia moral de los estudiantes, en las convicciones y creencias del pueblo, reclama que la centralidad de la libertad ocupe el lugar que le corresponde. En tiempo de pandemia, esa constante presencia amedrentadora del poder público parece que poco a poco va despertando el compromiso con la libertad de muchas personas.


Sin exagerar, corremos peligro de que esta omnipotente maquinaria pública al servicio de los dogmas del populismo actual termine por anular el pensamiento plural, la capacidad de análisis crítico y, lo que es más grave, las más elementales exigencias de la vida en libertad. Hoy, guste más o menos, el carril único por el que debe transitar todo aquel que desee ser bien visto por la tecnoestructura dominante, como en el totalitarismo, es bien sencillo: arrodillarse, adular y emular las consignas que llegan de la principal terminal tecnoestructural de este tiempo: el Palacio de la Moncloa.


El poder, a pesar de que tiene por obligación constitucional facilitar el ejercicio de las libertades, no hace otra cosa, desde hace algunos años, que atacar, sutilmente o groseramente, según los casos, al que no se somete al pensamiento único. Ahí están los constantes ataques a la libertad de expresión, ahí está la desnaturalización de instituciones sociales que durante siglos han consolidado la vida social desde esquemas de estabilidad, ahí está la manipulación de las conciencias morales de los alumnos bajo la doctrina única que hoy se trata de inculcar desde el vértice y la cúpula. Ahí están las dádivas que, de una u otra manera, se entregan a quienes oficien de meapilas de las excelencias de la nueva modernidad que por fin acampa entre nosotros gracias a los desvelos y al titánico trabajo de los expertos en control y manipulación social que ahora dirigen este país.


Hoy, en España, con un gobierno que ha renunciado al socialismo y que se ha atrincherado en los dogmas del radicalismo, es hora de que la alternativa política tome el discurso de la libertad, de la libertad de todos, de la fuerza de las iniciativas sociales, del compromiso con el ejercicio de todas y cada una de las libertades ciudadanas. Desde la libertad de pensamiento y de expresión hasta la libertad de educación y de investigación, pasando por la libertad económica y la libertad religiosa. En España, durante mucho tiempo, ahora especialmente con la pandemia, el ejercicio de la libertad sale cara. La razón podría encontrarse en la instalación entre nosotros de un ambiente de autoritarismo intelectual, de dictadura de lo políticamente correcto o eficaz que lleva a subvertir el orden moral de manera que el fin lo justifica todo. Si lo importante es ganar dinero y para ello ha de renunciarse a las ideas, se renuncia. Si lo relevante es el poder y para ello hay que arrodillarse ante los que mandan, qué se le va a hacer. Si para poner en marcha ciertas iniciativas sociales es menester admitir el control público o político, se asume. Si para publicar tal o cual artículo hay que postrarse ante el que manda, no hay problema.