tribuna

Las niñas

No sabríamos decir qué capacidad de carga tenemos para soportar las malas noticias. Siendo esta la profesión de ellas (“nada humano me es ajeno”, dice el verso de Terencio que abrió la veda hace más de 2.000 años), eludimos la pregunta, a sabiendas de que convivimos con la actualidad sin posibilidad alguna de tregua. El día a día -con insoportable esclavitud- decide cómo va la cosa, y no contamos con ningún margen de maniobra para mejorar su rostro, dar la vuelta al calcetín y contar buenas noticias cuando vienen mal dadas, como en esta racha de a perro flaco, todo son pulgas. “Buenas noches y buena suerte”, solía decir en la despedida de sus programas aquel periodista estadounidense inolvidable, Edward R. Murrow, por su oposición al senador McCarthy, cuya caza de brujas contra los comunistas sería extrapolable a un sector boyante de la política española contemporánea.


El caso de las niñas desaparecidas de Tenerife ya pertenece a la crónica negra de las islas, nuestro malditismo, mal que nos pese. Nos hubiera gustado ubicarlo, no en ese pozo de los sucesos más trágicos de nuestra vida, sino en el relato de las historias de desenlace feliz, que tan poco se prodigan ahora, porque estamos en mala racha, con las noticias contagiándose de la misantropía de un tiempo caído en desgracia y no de la filantropía de las buenas acciones. Como dice Emilio Lledó, el mal, para los griegos, era una aporía, un callejón sin salida. Se nos quitan las ganas de construir un futuro, si al final solo existe un muro. Nos hubiera gustado -se adivinaba un esfuerzo colectivo para que así fuera- asistir a un final favorable, que la historia hubiera acabado de la mejor manera, con el retorno de las pequeñas al hogar materno. Esta no es una manifestación más de lo dantesco insular. Es una de las más conmovedoras historias de amor y muerte, de progenitores opuestos, el extracto de vida de dos hermanas menores de edad que no eran dueñas de sus actos. Somos testigos y hemos padecido con impotencia su indefensión.


El dolor que trae consigo la muerte de Anna y Olivia, el desprecio a la vida, al derecho supremo a ella de dos menores inocentes, ilustra y lastra el margen de confianza social que podemos conceder a adultos de apariencia civilizada, pues conviven con nosotros sin sembrar alarmas hasta que adoptan un aspecto monstruoso oculto. Si repasamos la hemeroteca de los últimos años, nos tropezamos con casos localizados en nuestra modorra insular, donde siempre quisimos creer que nunca pasa nada malo. Ahora somos el ejemplo nacional (Tenerife, epicentro del dolor, tituló El País) del llamado crimen vicario, cometido por el padre que se venga de su exmujer quitándoles la vida a los hijos comunes. En esas aguas negras, el pasado jueves, descubrió un buque del Instituto Español de Oceanografía, el Ángeles Alvariño, el cuerpo de Olivia, la mayor de las dos hermanas, ahora convertidas en niñas universales, desde las cabeceras españolas hasta el Washington Post.


Las calles han vuelto a cubrirse de pancartas y protestas por esta nueva modalidad de la violencia de género. Dice la reina Letizia que es difícil no ponerse en la piel de la familia de las niñas tinerfeñas. Todos somos Beatriz, la madre de este dolor. Es posible que, por las coordenadas del caso, estemos ante un hecho llamado a permanecer en la opinión pública a modo de paradigma, cuya proyección no podemos medir, como sucedió con Madeleine, Yéremy o Sara, pero esta vez con conocimiento de causa: hubo un crimen, la muerte de Olivia y previsiblemente la de su hermana Anna dan nombre al delito y lo definen en toda su crudeza, lo cual funda toda una óptica para prevenir futuras manifestaciones de esta naturaleza.


Ha habido una espontánea liturgia de dolor. Nos hemos acostumbrado a sufrir, llevamos año y medio de duelo y consternación. Cuando asomó, entre la pandemia, la primera noticia de la desaparición de las hijas de Beatriz, la opinión pública venía de someterse a una prueba de esfuerzo de largos meses de estragos psicológicos y de salud, y el estado de ánimo era y sigue siendo muy bajo. A fuer de sinceros, nadie puede dárselas de valiente en este trance que ha roto todos los límites previsibles. Dolor sobre dolor. Así hemos venido navegando por este tiempo de tinieblas. Las niñas irrumpieron como un episodio que debía ser pasajero, de búsqueda y reencuentro, sin mayor trascendencia. Una de tantas historias de desaparecidos que las islas cuentan a centenares a lo largo de un año. Pero el drama se alimentó enseguida del clima social que venimos respirando, como si las piezas de ese puzle se adhirieran entre sí contagiadas de un mismo sentido trágico de la vida, que todo lo impregna y tiñe de un modo uniforme.


No va a ser fácil pasar página. Las niñas de Tenerife adquieren, como digo, una significación social e histórica que acompañará para siempre la memoria de estos días, de estos meses, de estos años. Nos acordaremos de la pandemia. Y de las niñas. Y no podremos apartar de nuestra mente el palo de angustia que nos golpea a estas horas con la certeza de que fueron arrebatadas a la vida, a su madre, también a nosotros. La pandemia se ha ido socializando, como una desgracia colectiva. El caso de las niñas se agrava y se agranda desde el momento en que es un drama desgarrador de dos seres y no de millones de personas, como si todo el peso del daño no lo hubiera sufrido una multitud, sino dos personas de edades muy cortas, con un final demasiado precoz. Y el corazón no resiste ese pensamiento, no tiene vara de medir un dolor de tanto tamaño en dos seres tan pequeños. Solo la fortaleza de sentir que ese dolor lo compartimos todos en todo el mundo puede dar alas a una madre rota y a unas familias destrozadas. Estoy seguro de que la misma madre coraje de los mensajes esperanzados no nos defraudará, fortaleciéndose en la misión de recrear las vidas mutiladas a través de la propia, donde solo anidan las niñas con semejante potencial. Anna y Olivia ya son símbolos de nuestro tiempo, que nos inspiran lo mejor, en mitad de la pandemia, que nos preparó para lo peor.

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