El charco hondo

Lo de Winslet

Los golpes, las alegrías y los respiros que da la vida no son gordos o flacos, viejos o jóvenes, altos o bajos; son, lisa y llanamente, reales. Las cosas que nos pasan tampoco son guapas o feas; no llaman la atención, ni pasan desapercibidas (simplemente son, a secas). La vida no tiene patas de gallo […]

Los golpes, las alegrías y los respiros que da la vida no son gordos o flacos, viejos o jóvenes, altos o bajos; son, lisa y llanamente, reales. Las cosas que nos pasan tampoco son guapas o feas; no llaman la atención, ni pasan desapercibidas (simplemente son, a secas). La vida no tiene patas de gallo ni deja de tenerlas, porque, como ocurre con la realidad o los cuerpos, las historias personales o las pieles son como asoman, crecen, envejecen, ocurren, empiezan o terminan. La realidad no es gorda o flaca, es real o no lo es. Viene esto a cuento del aluvión de artículos y comentarios que ha suscitado, no ya el papel, sino el aspecto de Kate Winslet en una serie tremendamente recomendable, Mare of Easttown. Winslet, una de las actrices más convincentes de Hollywood, creíble y solvente en cualquier registro, enamora en Mare of Easttown por su fuerza, por esa capacidad de hacer sentir que está al alcance de pocos; sin embargo, el revuelo está girando no alrededor de su papelón sino de su apariencia, de su cuerpo. La madurez de Winslet le viene de joven. Siempre fue una actriz sólida, y coherente, de ahí que no sorprenda -a unos cuantos, al menos- que haya exigido que no retoquen su cara en el cartel promocional de la serie, obligando a la productora a ponerle las arrugas en su sitio, donde la vida y los años pusieron las marcas, huellas y señales que nos resumen y explican. La polémica sobre la piel o el peso de Winslet, desplazando a un segundo plano su espectacular trabajo, confirman que vivimos en un siglo epidérmico, tirando a estúpido. Winslet no está ni gorda ni flaca, ni vieja ni joven, está auténtica, real, disfrutando de una convivencia privilegiada y sabia -plena, y madura- con los años que transcurren por su vida y su cuerpo. Algunas voces que han salido al trapo lo han hecho torcidamente, cayendo en el pecado de superficialidad que parecen querer afear. Otras plumas, como la de Marta Nebot, sí han alumbrado con acierto y sensatez. La verdad, el realismo y la credibilidad pierden fuelle cuando no nos mostramos sin filtros, trampas o cartones. La piel debe asociarse con los hechos, las ideas o las curvas que nos encuentran. Hay que quererse (creerse) de dentro a fuera. Mala cosa amar lo que fuimos y no lo que somos -ha apuntado Nebot-. Lo de Kate Winslet puede parecer un debate menor, pero no lo es. Los cambios que experimentamos nos explican y resumen. Emborronar el mapa del cuerpo, del peso o las arrugas, nos condena a perdernos en la carretera.