el charco hondo

Los fetiches años 20

Algo ha pasado ahí dentro, lo sabemos; psicólogos y psiquiatras nos anunciaron los cráteres que confinamiento y desescaladas estaban abriéndonos piel adentro. Aunque menos de lo aconsejable, mucho se habla de los surcos que dejan tantos meses con la libertad amputada, tantos abrazos sin dar o besos aplazados, las copas prorrogadas, el aforamiento social, los toques de queda, las videoconferencias imprescindibles o las otras, la canciones prohibidas por decreto, dejar de bailar o hacerlo con auriculares y en calcetines (algunos lo hicieron, fiestas silenciosas en domicilios). Difícilmente la normalización de tantas anormalidades iba a pasar de largo, sin facturas. Entre otras voces autorizadas, Nicholas Christakis -investigador de la Universidad de Yale- ha recordado que basta una mirada histórica para concluir que guerras y pandemias siempre han desembocado en un periodo de liberación. Estamos a las puertas de una época de desenfreno sexual y derroche, dice. Christakis no suele equivocarse, en fin, ya se verá, a lo mejor no es para tanto, o se queda corto, vete tú a saber, pero algo nos ha pasado, de ahí que la gente esté deseando multiplicar la interacción social, regresar al ocio nocturno, reencontrarse en recintos deportivos o eventos musicales; en definitiva, volver a la vida y, ya puestos, protagonizar los locos años 20 que tantas gargantas ilustradas están anunciando. Las expectativas se han disparado, qué decir sobre la imaginación. Algunos han borrado la línea que separa optimismo y ficción. Muchos visualizan escenas de desmelene generacional, total. Pinta tiene. Huele a que hay ganas de recuperar los meses perdidos y cobrarse los que estén por venir, no sea que vuelva a cruzarse otro marrón en el calendario. Los expertos se abrieron a mil escenarios, pero no barajaron la posibilidad de que cientos de individuos hicieran colas interminables, en los alrededores de La Pollería, para mandarse gofres con forma de pene. Cientos o miles. Muchísimos. Un gentío dando la vuelta a la manzana para zamparse el gofre -un pollofre, tal cual-. Y olé, claro que sí. Por qué no, faltaría más. Ahora bien, cabe preguntarse qué nos está pasando, qué ha ocurrido ahí dentro, saber algo más sobre cómo han quedado las calderas después de tantos meses hibernando. Y sobre todo, abrirnos (con perdón) a alguna que otra reflexión, porque si la gente hace colas interminables para calzarse un gofre con forma de pene, ¿qué pasará cuando reabran pubs y discotecas?

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