El charco hondo

Oh, sorpresa

Pues, fue que no. Resultó que no, fíjate tú, qué cosas, fue que la gente no lanzó la mascarilla al aire cuando el reloj marcó la medianoche para, acto seguido, ya a cara descubierta, dedicarse a besar, toser o estornudar en la boca de conocidos o desconocidos, vecinos y compañeros de oficina, autoridades competentes o […]

Pues, fue que no. Resultó que no, fíjate tú, qué cosas, fue que la gente no lanzó la mascarilla al aire cuando el reloj marcó la medianoche para, acto seguido, ya a cara descubierta, dedicarse a besar, toser o estornudar en la boca de conocidos o desconocidos, vecinos y compañeros de oficina, autoridades competentes o incompetentes. Fue que no. Resultó que, desconcertando a cenizos, tristes u otras tribus de la jungla de los mustios, la gente al acabar la obligatoriedad de llevarla no organizó hogueras junto a los semáforos para arrojar las mascarillas que guardaban en casa. Una mayoría tirando a apabullante ha optado por seguir llevándola. Pasó, fíjate. Decae la obligación y siguen saliendo de casa con la mascarilla puesta. Si acaso dándose el placer de quitársela en según que calles u horas, pero volviéndosela a ajustar cuando se cruzan con muchos o bastantes. No sabemos qué ocurrirá los próximos días o semanas -quién sabe-, pero ya conocemos qué pasó, y fue que no, porque el vecino se la sigue poniendo para sacar al perro. Descolocando a los entusiastas de boletines oficiales, reglamentos y decretos, la gente decidió seguir con la mascarilla ateniéndose al criterio propio, ejerciendo el libre albedrío, siendo adulta. Y, sí, cafres e irresponsables los seguirá habiendo, pero este último fin de semana la estrella de las conversaciones iluminó a quienes, desconcertando a quienes lo prefieren al dictado, reconocían (con la voz tan baja como chica la boca) sentirse sorprendidos o, mejor aún, desmentidos. Del sábado a esta parte se suceden reportajes, entrevistas e informaciones buscando respuestas o explicaciones al paranormal fenómeno de la responsabilidad individual, al extraño suceso protagonizado por aquellos que -contradiciendo a los boletineros- siguen poniéndose la mascarilla porque, oh, sorpresa, no necesitan que se lo impongan, les basta con saber que mejor seguir llevándola cuando toca. Resultó que la gente no es imbécil, ni estúpida -perfiles o calificativos que acostumbramos a utilizar indistintamente, pero no es lo mismo-. Fue que no. Se demostró que la mayoría de edad sigue ahí, latente, hemos constatado que la gente no ha perdido el juicio en estos quince o dieciséis meses. Oh, sorpresa, no somos tan idiotas como algunos creen y, certificándolo, nos basta mirar alrededor para decidir que es pronto para dejarla atrás, de ahí que, sin necesidad de que nos lo impongan, la sigamos llevando porque así lo hemos decidido -por nosotros mismos, sin que nos lo dicten o decreten-.