El charco hondo

Oxidados

Han sido tantos meses dejándonos llevar -viviendo al dictado- que la mayoría de edad se nos ha oxidado, por desuso. Con el boletín oficial elevado a la categoría de manual milimétrico de instrucciones o guía bíblica, la pandemia nos ha infantilizado, arrinconando al adulto que llevamos dentro. El estado de sitio epidemiológico nos ha tenido […]

Han sido tantos meses dejándonos llevar -viviendo al dictado- que la mayoría de edad se nos ha oxidado, por desuso. Con el boletín oficial elevado a la categoría de manual milimétrico de instrucciones o guía bíblica, la pandemia nos ha infantilizado, arrinconando al adulto que llevamos dentro. El estado de sitio epidemiológico nos ha tenido delegando las decisiones más básicas o elementales, dejando en manos de la autoridad competente -o incompetente, porque de todo hay- qué, cómo, cuándo o dónde, con quién o con cuántos salimos, a qué hora, dónde quedamos, qué hacemos o deshacemos. Un año largo con los derechos fundamentales requisados -en libertad condicional- nos tiene sumergidos en una crisis de personalidad, con dudas poco disimuladas sobre si seremos capaces de volver a decidir por nosotros mismos. Se nos humedeció la mayoría de edad, da la impresión de que se nos ha jodido la batería, como a los coches cuando pasan meses en el garaje sin arrancarlos de vez en cuando. De ahí el vértigo que, al parecer, genera cualquier medida que implique retomar, directa o indirectamente, el ámbito de decisión que nos fue arrebatado; así se explica que asuste regresar a la mayoría de edad, al criterio propio, al sentido común y al país de los adultos. Nos anuncian que las mascarillas dejarán de ser obligatorias al aire libre y, lejos de celebrar que vayamos recuperando parcelas del libre albedrío, aporreamos el botón del pánico suplicando que nos pongan por escrito excepciones, normativas, indicaciones o sugerencias. No han prohibido la mascarilla, quien quiera llevarla hasta el juicio final y más allá puede hacerlo -algo obvio, pero no sobra recordarlo-. Que decaiga la obligatoriedad devuelve el ámbito de decisión a los adultos que éramos, mayores de edad a quienes se presume juicio suficiente para comprender que lo suyo, lo razonable, es seguir poniéndotela o quitártela, depende. A las seis de la mañana por la orilla de la playa no te hace falta. En hora punta, en la Puerta del Sol, te la pones. En la terraza del bar de abajo, no. En la guagua o el tranvía, mejor sí. En el baño de casa, no parece que haga falta. En el ascensor con los colegas del hijo de la vecina, será que sí. Sentido común, punto. Pretender que nos pongan por escrito el minutado del día a día -indicándonos en qué calles, horas y aforos toca o no- no deja de ser humillante, infantil y perezoso para el adulto que presumiblemente seguimos siendo. El criterio propio parece haberse oxidado, nos hemos acostumbrado a vivir por decreto. Volvamos a ser adultos. Regresemos a la mayoría de edad.