El charco hondo

Sin alas

Quizá, tal vez, tendríamos que abrirnos a la idea de que las herramientas actuales son insuficientes o inútiles y que, por qué no, debemos plantearnos otras fórmulas, leyes diferentes, soluciones que no tengan que esperar por la fiscalización del ministerio correspondiente o, en su caso, por informes siempre tardíos, vagos y complacientes, elaborados por los […]

Quizá, tal vez, tendríamos que abrirnos a la idea de que las herramientas actuales son insuficientes o inútiles y que, por qué no, debemos plantearnos otras fórmulas, leyes diferentes, soluciones que no tengan que esperar por la fiscalización del ministerio correspondiente o, en su caso, por informes siempre tardíos, vagos y complacientes, elaborados por los que vigilan de perfil. Algo habrá que hacer. Algunas cosas deberán cambiarse para evitar que volar a Canarias desde la península, y al revés, reviente los bolsillos de las economías familiares. Constitúyase una mesa de trabajo. Ábrase un debate, dentro y fuera del ámbito parlamentario, sobre la efectividad —pero, real— de los instrumentos legales que tenemos. Pónganse sobre el tablero propuestas novedosas, viables pero atrevidas, lo que haga falta para ponérselo fácil, y no imposible, a quienes están deseando venir a las Islas pero desisten cuando la pantalla les escupe precios que los pondría al otro lado del Atlántico. Los hechos están poniendo de manifiesto que las herramientas existentes —con las obligaciones de servicio público como exponente inmediato— pintan una receta bienintencionada pero insuficiente, básicamente porque no se les da el uso e ímpetu que se requiere. Algo no va bien cuando los precios desaniman y dejan en tierra a quienes no pueden quemar en el avión el presupuesto de las vacaciones (qué decir de los residentes que viven allá, o de los que quieren viajar a la península) . A las puertas de la reapertura y con la vacunación avanzando a buen ritmo, las compañías están disparando el coste de los pasajes, y no bastará con reclamarles que aflojen. Hay que dar una vuelta a la situación, parar los pies a los que han desnaturalizado el descuento. El esfuerzo que se ha hecho en alta velocidad debe tener continuidad en acercar las Islas a la península, por economía y, sin duda, por cohesión territorial —luego, por sentido de Estado—. Somos un destino deseado, hay ganas de viajar, de venir, pero difícilmente seremos competitivos si los precios nos sitúan a siete u ocho mil kilómetros del resto del país. Quizá, tal vez, partidos, agentes económicos y sociales e instituciones deban abrirse a un debate que arroje propuestas diferentes, mejores. Algo no funciona, algo hay que cambiar. No basta con lamernos las heridas. Los días y horas más demandados los billetes suben hasta el 60%, toca evaluar los instrumentos que tenemos, mejorar su funcionamiento o, en su caso, romper la baraja proponiendo otra solución que evite los abusos e impida que las compañías aéreas se fumen la bonificación.