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Solo en casa

La pandemia ha cambiado nuestros hábitos, sobre todo porque no hay donde ir. Como ya no me encuentro en edad de botellón, lo que me apetece es quedarme solo en casa. Bueno, solo no, con Mini. Porque ha llegado el momento en que lo que antes me divertía ahora me aburre y, además, los amigos que tengo son demasiado viejos para ir con ellos de jarana. No estoy para viejos. De la peña que tenemos quedan cuatro gatos y ahora las apuestas giran en torno a saber quién es el próximo que la diña. Con este panorama, quedarse uno solo en casa es lo más conveniente, con el cepillo de dientas y las pantuflas a mano y viendo series de Netflix. No he visto jamás dinero mejor empleado que el de esas suscripciones televisivas que te permiten ver ristras interminables de episodios, que cada día se complican más. Una vez, el periódico en el que trabajaba publicó una novela a escote. El primer capítulo estaba a cargo de Alberto Vázquez-Figueroa y el último me correspondía a mí. Como no tenía ganas de hilvanar un desenlace coherente, resucité a todos los protagonistas muertos, convertí en un sueño el argumento seguido por los escritores participantes y le di un giro fácil a la trama. Pero no por nada sino por gandul. Me quedó tan bien la mascarada que me felicitó todo el mundo y yo resulté ser un tipo brillante cuando lo que fui es un vago inmisericorde. Confieso que lo superficial es mucho más entretenido que lo sesudo y profundo. Lo frívolo vende más que lo serio en un país de escasa comprensión intelectual. Por eso España, que es tan entretenida, ahora asegura que Sánchez lo que quería era venderle a Biden un décimo de la Lotería de Navidad. Ya estoy hablando otra vez de lo mismo, no tengo remedio.

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