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Desde el balcón

Un balcón es un tesoro. Porque desde esta atalaya se divisa la calle, que es el principio y el fin de nuestra existencia. Ahora, con la cosa, salir es riesgoso y la gente se aparta cuando pasas y entonces los que no llevan la mascarilla en la nariz se colocan bien el antifaz. Yo recomiendo su uso, no hagan caso a quien lo ha hecho laxo. El ser humano tiende a la funda: pasó con el sida, que resucitó al viejo condón, que estaba medio arrimado pero revivió, dando lugar a toda una serie de productos para la relación sexual, coloridos y eficaces. Ahora tenemos -o debemos- que enfundarnos la cara en una máscara, que provoca alergias y erupciones en la piel, pero que puede librarnos del bicho. El ser humano parece que tiende a forrarse todo él y no me refiero a las pobres afganas, obligadas a encasquetarse un traje llamado burka, que debe ser de lo más incómodo, o a otras mujeres que tienen que arroparse a la conveniencia de sus zotes maridos. Desde mi balcón veo a la gente pasar, temerosa, desconfiada, algunos con el frasquito de desinfectante en la mano. Menos los jóvenes, cuyos cerebros sufren las carencias del poco desarrollo, la gente de cierta edad es responsable; si no contamos a los negacionistas, que acabarán contagiándonos a todos si no se vacunan. Hay que ver cómo ha cambiado nuestras vidas la pandemia, aunque ustedes no deben creer todo lo que leen porque la avalancha de noticias disparatadas es terrible. Están en juego rivalidades de laboratorios, que son sangrientas, empresas que no tienen moral a la hora de publicar los falsos fallos del rival. Con estudios más o menos tergiversados se cuelan en las agencias de noticias y en las revistas científicas y son un peligro porque todo eso se filtra al resto de los medios y te vuelven loco. Cuidado.

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