Ciudades In-Visibles

Dónde quedó la Arquitectura

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino nos habla sobre urbes “con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses”, levantadas sobre pilotes con “casas de bambú y de zinc, con muchas galerías y balcones que se sitúan a distintas alturas” o “palacios que tienen escaleras de caracolas marinas”. Otras tienen calles pavimentadas […]

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino nos habla sobre urbes “con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de todos los dioses”, levantadas sobre pilotes con “casas de bambú y de zinc, con muchas galerías y balcones que se sitúan a distintas alturas” o “palacios que tienen escaleras de caracolas marinas”. Otras tienen calles pavimentadas de estaño, calles en espirales infinitas sin salida o están estructuradas en base a canales. En alguna de sus imaginarias ciudades, se puede sucesivamente “dormir, fabricar arneses, cocinar, acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender”, y otras están especializadas en el mercadeo de “jengibre y algodón en rama, pistacho y semilla de amapola”. Unas se viven de noche, a la luz de “lámparas multicolores que se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurías”, mientras que otras ofrecen una perspectiva diferente en función de si “se viene por tierra o por mar”.

Las Ciudades Invisibles se significan por la geometría que conforman sus calles y plazas, por quiénes las viven y cómo utilizan sus espacios, por la intensidad de la iluminación de sus calles y la calidad de sus materiales, la innovación en sus elementos y, cómo no, por su arquitectura.

Nuestras ciudades son calles pavimentadas con piedra o asfalto, calles que permiten desplazarse, más rápido, o más lento, en coche o paseando. Calles que confluyen en plazas y parques, que albergan árboles y flores, farolas que las iluminan de noche y donde se descansa, se deambula y se juega. En la ciudad se da la interacción entre personas, el contexto adecuado del que nacen la cultura, el arte, la prosperidad económica, los sentimientos. Últimamente, al dialogar sobre urbanismo, los discursos y planteamientos se centran en el espacio público accesible para todos, la movilidad sostenible, los espacios de sombra o la vegetación. Todo esto fundamental para obtener una ciudad más agradable y vividera, pero pareciera que, al hablar sobre ciudad en la actualidad, existiera una ausencia de reflexión o discurso sobre su arquitectura.

Partiendo de la obviedad de que no existe ciudad sin arquitectura, no cabe ignorarla en el debate general sobre las urbes del presente y del futuro. Esta ausencia supondría ignorar una parte esencial de la realidad urbana, una grave carencia.

La arquitectura es la máquina del tiempo de las ciudades, en la medida que nos relata su historia. Nos permite describir el modo de habitar del hombre a lo largo del tiempo. Su calidad y relevancia viene asociada al fomento de la diversidad; de estilos, formas y sensibilidades. La diversidad como elemento definitorio de las ciudades, que además es testigo y cronista de nuestro tiempo. La arquitectura es el diálogo de la sociedad consigo misma, y es arte, y como disciplina artística está sumida en una constante lucha por la búsqueda de la belleza.

Pero subyace la tentación de caer en la homogeneidad, en la falta de debate, de creatividad. La falta de riesgo es un signo de decadencia. No ha de confundirse con los excesos de una época marcada por los estrellatos, por una arquitectura plagada de iconos autorreferenciales de escasa rentabilidad social. La nueva creatividad de la arquitectura ha de estar asociada a parámetros de sostenibilidad, eficiencia, austeridad y funcionalidad, sin perder de vista la sensibilidad estética. Ese equilibrio es la esencia de la buena arquitectura.

Un buen ejemplo al respecto es el discurso y trabajo de los arquitectos Lacaton y Vassal, ganadores este año del Premio Pritzker. En su libro Actitud, defienden que el desafío actual de la arquitectura no tiene que ver con la técnica, no consiste en hacer la torre más alta, ni la estructura más compleja, pues “lo que motivaba esta actitud, que entonces tenía que ver con la técnica, ya no está de actualidad. El ahorro de costes puede ser hoy la manera de realizar edificios excepcionales”. En su arquitectura hablan de economía, de simplicidad, de confort y de ideas. Para ellos, “el lujo reside siempre en lo mismo: la dimensión del espacio”.

Las herramientas para generar debate sobre esta, no tan nueva, manera de hacer arquitectura, son conocidos: concursos de ideas, concursos con intervención de jurado, talleres de arquitectura dirigidos por arquitectos de reconocido prestigio, etcétera. Canales, que son la manera de discutir y seleccionar, entre un abanico de propuestas, las más adecuadas e interesantes.

Estos mecanismos están siendo cada vez menos utilizados por las administraciones, quizás porque se perciben como procesos que se dilatan en el tiempo. Sin embargo, es una falsa percepción, ya que, si se plantean bien, no resultan más largos que otras maneras estándar de contratar.

Con la desaparición de los concursos de ideas se termina la innovación, la investigación y la evolución entorno a la arquitectura y la ciudad. Además de ser una buena manera de que los jóvenes, con ideas frescas y renovadoras se hagan un sitio en la profesión.

Esta visión proactiva sobre la arquitectura es perfectamente compatible con los procedimientos administrativos vigentes para la licitación y contratación. La misma legislación sobre contratación incide en la necesidad de conciliar estos conceptos de “mejor relación calidad-precio”, expresión que encierra un canto a la excelencia. No lo utilicemos, por tanto, como coartada para rebajar las ambiciones de nuestra arquitectura. Hay que hacer compatibles los tiempos de la buena arquitectura con los de la tramitación administrativa, evitando los atajos que sacrifican la calidad en aras de una falsa eficiencia. El requisito que deberíamos imponernos es la búsqueda permanente del mejor resultado posible.

Otro ejemplo es la vivienda pública, como escenario idóneo para la investigación sobre la vivienda colectiva, que ha sido y debería seguir siendo un espacio para la investigación sobre las maneras de habitar, alejada de esa visión del promotor privado, que busca la venta de un producto estándar con el mayor rendimiento posible. Son conocidos los proyectos de vivienda pública que a su vez han sido ejemplos de gran calidad arquitectónica, capaces además de dotar de dignidad e identidad a la vivienda popular.

Podemos destacar multitud de referencias de edificios de vivienda social: “67 viviendas de protección pública del Ensanche 6 de Carabanchel, de los arquitectos María José Aranguren y José González Gallegos”, “Viviendas en la calle del Carme, de Josep Llinás”, “19 viviendas sociales en Sa Pobla, Mallorca, de Pep Ripoll y Juan Miguel Tizón, “85 viviendas sociales en Cornellá, de Marta Peris y José Manuel Toral”, estas últimas recientemente premiadas en la Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo. Por el contrario, hoy en día, los pliegos para las licitaciones de vivienda pública están excesivamente condicionados a cuestiones cuantitativas (superficies, número de viviendas, presupuestos) y no cualitativas. Esta manera de licitar, donde no se valora la calidad espacial de las propuestas, se traduce en proyectos de escaso valor arquitectónico.

La ACTITUD debería ser la búsqueda de la excelencia para la arquitectura en nuestras ciudades, que nos pertenecen a todos, y hablan de nosotros mismos. Tender a la búsqueda de los mejores proyectos posibles, desde las ideas, la economía, la sostenibilidad y la habitabilidad de los espacios.

“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”. Italo Calvino.