tribuna

El Delta y la Delta

Los veranos traían sus serpientes que duraban un tiempo indeterminado

Los veranos traían sus serpientes que duraban un tiempo indeterminado. Cuando la vida cotidiana era normal y corriente, cualquier pequeño sobresalto ejercía una gran influencia en la anodina actualidad. Ahora esas pautas se han visto alteradas quizá para siempre. Venimos de un ciclo largo de monotonía pandémica, aún bajo un estado de shock por la incertidumbre de este caos infernal. Por primera vez asistimos a una representación dantesca de las cosas que pasan. Antes no le dábamos importancia a la realidad, ahora se la damos toda, nos fijamos en el más mínimo detalle, buscando regresar algún día de esta metamorfosis. Añoramos todo lo bueno y lo malo que nos sucedía antes, porque eran cosas comprensibles. Estas no. Nada nos recuerda a nada que hayamos experimentado alguna vez, cuando saltó todo por los aires carecíamos de manual de instrucciones. No estaban descritas en el vademécum de los sabios de la tribu. Todo es tan distinto e incierto, inédito y espantoso, que abrimos y cerramos los ojos y nos parece mentira. Pero la pandemia está ahí, es real.
Ahora que nos golpea la cepa denominada Delta (de origen indio) nos viene a la memoria su homónima tormenta tropical. Era 2005 y volaron los tendidos eléctricos, los árboles arrancados de raíz, las techumbres de las naves industriales y el Dedo de Dios, del Puerto de las Nieves de Agaete. Hubo muertos y desaparecidos. Ahora, las inundaciones de Alemania, Bélgica y parte de Europa tienen ese mismo sello distintivo de las desgracias naturales, que nos recuerdan a los tiempos de la normalidad proscrita. Pero la cepa que nos invade y fustiga con su vorágine de contagios es algo incomparable. Pertenece a un estadio de percances remotos. No hay métrica ni límites establecidos.
De Estados Unidos a China convinieron desde el principio que había que improvisar y seguimos haciéndolo, batiendo récords como neófitos: tanto de enfermos como de vacunados. Sin saber a qué atenernos. Los jueces se han sumado al mismo tótum revolútum: dictan sentencias contradictorias según qué territorio, según qué jueces. Aprueban toques de queda en Cataluña, Comunidad Valenciana y Cantabria, y los deniegan en Canarias y Extremadura. El virus ha impuesto su ilógica. Si el estado de alarma resulta ahora que era inconstitucional (como acaba de dictaminar el TC en su montaña rusa), pues apaga y vámonos. Ya podemos hacernos a la idea de que de esta saldremos como el rosario de la aurora. No queda otra.
Todavía desconocemos el origen del contagio universal que padecemos y cuando, dentro de 100 años, se revisen estos hechos, es muy probable que aún se discuta, como seguimos haciendo acerca de la muerte de Kennedy, si hubo o no hubo un complot.
El Delta no fue una serpiente de verano (era noviembre). Pero la cepa Delta, sí. Y este es uno de los pocos lugares del mundo que puede contar la siguiente historia. Catorce años después del Delta, también en noviembre, llegó a la Isla el padre putativo de esta cepa del mismo nombre y de su matriz, Xi Jinping. Poco antes de que estallara la pandemia, su visita no levantó ninguna sospecha. Era viernes y entró por la Isla pocas horas después de que en la madrugada aterrizara en el aeropuerto del Sur Vladímir Putin, para una escala de 40 minutos, camino de Moscú, sin dejarse ver, como una pantera nebulosa. Juntos eran un mal presagio. Venían de América, de la XI cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El ruso, de paso, y el chino con la idea fija de visitar el Teide para una cita entre colosos. El Teide no tiene precio, debieron de advertirle, pues no trató de comprarlo. Envuelto en sus modales de seda, nadie podía imaginar lo que nos esperaba a todos tras la estela del presidente chino de regreso a casa. Esos mismos días, al parecer, fueron detectados los primeros casos de la extraña neumonía en tres investigadores del Instituto de Virología de Wuhan y en diciembre salieron a la luz los referidos al mercado mojado de mariscos de Huanan, en la misma ciudad. Entonces, explotó esta bomba viral, que es como la bomba nuclear sin ruido. Una inocente noche tinerfeña coincidieron en esta isla los dos gigantes en el mapa del destino. Putin es pájaro de mal agüero y Xi Jinping, con su inocente sonrisa mefistofélica, iba a ser el hombre más odiado por Occidente pocas semanas después y nunca nada iba a ser igual tras el desastre del coronavirus del mercado o del instituto virológico de Wuhan.
Comencé hablando del Delta por las vueltas de la antroponimia. Esas eran las catástrofes que solíamos sufrir en aquel tiempo (fue ayer, pero nadie lo diría), propias del cambio climático, nos decíamos antes de cambiar el chip. Se cayó el turismo a plomo y entramos en barrena. Nos encerramos entre cuatro paredes y las multas de los infractores han ido al cubo de la basura. Jueces y gobernantes se pelean ahora por quién tiene la sinrazón, pues todo esto es irracional. Así que estamos como estamos, el virus, matando y los poderes fácticos, a la greña en medio del asfalto o de la fatalidad. Canarias es un sitio paradigmático para entender este pandemónium: cómo hemos podido llegar a tal punto de histeria: sin leyes posibles contra el virus, solo queda vacunar, vacunar y vacunar, habiendo logrado esta semana en las islas el 50% de inmunidad, un millón de paisanos. Tomen nota por ahí fuera, mientras discuten.
Seguimos sin un manual de instrucciones para salir del túnel. En El año de la máscara planteo como hipótesis que nuestra indefensión se parece a la del imperio romano en aquella tesitura que hizo decir a Flaubert su célebre sentencia: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo.” En esa falta de dioses, de eruditos infalibles y poderes competentes, tememos volver a la casilla de salida. Es el mismo síndrome de Flaubert rondándonos. Solos. Estamos sin normas, sin leyes, sin dioses ni jueces. A la buena de Dios. Como antes en el Delta y ahora en la Delta.