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El verano ha provocado que haya días en que confundo el día con la noche. Duermo más horas de lo que quisiera gracias a la melatonina y a otros fármacos. Pero les dije en otro artículo que había que dar pábulo al optimismo. Además, los ingleses dicen que es de mala educación exponer las enfermedades […]

El verano ha provocado que haya días en que confundo el día con la noche. Duermo más horas de lo que quisiera gracias a la melatonina y a otros fármacos. Pero les dije en otro artículo que había que dar pábulo al optimismo. Además, los ingleses dicen que es de mala educación exponer las enfermedades propias. No les contaré entonces que el otro día me corté un dedo del pie arreglándome las uñas y solté un chingo de sangre que me espantó: nada, se arregló con agua oxigenada y mi espray de Nobecutan que me recomendó el doctor Alarcó y que llevo en el bolso de mano que tengo en el coche, con la muda dentro. Pepe Sánchez, industrial del yogur y de Las Palmas, llevaba siempre un bolsito de mano con una muda; se lo dijo él mismo a Fernando Fernández y Fernando me lo contó a mí, intrigados como estábamos ambos por lo que contenía el famoso bolso de Pepe, que su dueño no abandonaba nunca. Sufriente uno de divertículos no está de más llevar gayumbos de reserva, por si se escapa un frenazo. No sé por qué les cuento esto ahora, ya me he perdido. A F. S., un alemán escandaloso que vive en el Puerto de la Cruz, le preguntaba la Guardia Civil en los aeropuertos si llevaba algo que declarar y siempre contestaba lo mismo: “Sí, calzoncillos sucios y le recomiendo que no meta la mano en ellos”. Con eso conseguía que los agentes imaginaran lo peor y lo dejaran en paz para tomar el taxi a casa más rápidamente. Pero eran otros tiempos. Ahora los frenazos y demás te los huele el perro, que no tiene remilgos a la hora de meter el hocico donde sea. Cada vez que llegaba de Venezuela me registraba la maleta el mismo guardia civil. Nos hicimos amigos, ante la ausencia de malicia.